Lugar

•diciembre 11, 2012 • 1 Comentario

Él no se quería levantar de la cama ese día. Era como si supiera de antemano. Con la cara pegada a la almohada, llegaron las diez de la mañana. No se sentía bien, pero el malestar no era comparable con el de otros días; era una migraña cualquiera, los músculos tensos como después de un día duro en la oficina, nada extraordinario. Sin embargo, apretaba los párpados, se mordía los labios y contorsionaba el cuerpo en la cama como queriendo fundirse con las sábanas y nunca bajar al primer piso -ni siquiera al suelo de la habitación-. Pero él no sabía nada.

Ella tampoco sabía. Cortaba las rodajas de tomate, delicadas rebanadas de queso y hojas muy finas de albahaca cuando sonó el teléfono. Todo se acumulaba en un tazón blanco en un rincón de la cocina. Era el doctor. “No puedo hacerlo sonar como lo que no es porque te quiero mucho, Tere. Es cáncer. Está muy avanzado”. Ella no quería el diagnóstico, sino que corriera a estar ahí con ella para contarle a David. Se pondría peor. Le pidió a Arturo que viniera a la casa, pero él atendía en el consultorio hasta muy tarde. “Podría pasar mañana…”.

David se quedó con los ojos abiertos viendo hacia el techo por un largo rato antes de hablar. Tere intentaba no sollozar para no asustarlo. Acercó la mano a la cama como buscando la de su esposo, pero él la apartaba con cuidado para esconderla entre las cobijas, como si temiera estar enfermo de alguna enfermedad contagiosa. Realmente se sentía portador de una bilis negra, horrorosa, que se desbordaba entre sus labios y por sus poros. Hasta temía manchar la cama.

Ella se durmió apoyada sobre sus brazos frente a la ventana que daba al patio. La ensalada a medias. El jugo de naranja tibio. El perro sacudiéndose las pulgas. La manguera guindando de la bicicleta.

David se levantó, finalmente, y la encontró así, dormida, apagada, reducida. Se acercó y la abrazó por detrás. Lloraron. A las siete llegó Arturo y no lloraron: preguntaron, lo preguntaron todo. A los cuarenta y uno. ¡Qué desperdicio de vida! Como si todo lo anterior en su vida hubiera sido una acumulación insensata de títulos idiotas, de carros destartalados, de papeles y de cosas. Ahí estaba Tere pero nada más.

Era una actuación, porque ya a David le daba igual. Solo quería ver a Tere tranquila. A las cinco, con las paredes manchadas de rosado y la calle en perfecto silencio, salió al patio para encender los faroles. Cerró la llave del agua. Se acercó al tronco porque le pareció escuchar una ardilla que se ocultaba entre las ramas. Alzó la mirada y el sol lo cegó un segundo. Luego, la cola. La cola inflada de pelo deslizándose por una rama, como un cometa en el instante inmediatamente anterior a lanzarse al vacío, al vacío infinito y oscuro. El destello de luz.

Así que David escuchaba sin prestar atención. Como un paracaidista resignado dando vueltas en círculos a miles, decenes de miles de metros sobre la superficie, extraviado en la gravedad y la nulidad del aire. Sin peso y sin materia. De vez en cuando Tere rozaba su mano.

Él cerraba los ojos con fuerza y pensaba en la sensación de hundir los pies en el agua. Eso lo extrañaría.

Todas sus hermanas

•noviembre 23, 2012 • Dejar un comentario

Muerto de frío y con algo de hambre, me dio por sentarme a medio camino y ponerme a leer poesía. Como el más pretencioso o el más sentimental, saqué el libro y me senté bajo un farol simplemente porque había luz y todo estaba vacío, en silencio e inundado de una niebla sucia, ligera pero como si fuera polvo.

A medio verso me da por correr y tratar de calmar el frío, pero nada para, y recurro a la broma vieja del trago para el calor y paro en una cantina. La entrada con un par de palmeras de plástico y las sillas horrendas de plástico negro. La cara del bartender, como de asco o como de que me conoce. Me siento cerca de la barra pero no como para que parezca que vine solo sino para que crean que espero a alguien, no hay que perder la compostura. De todos modos, con las manos heladas, con las piernas temblando, pido un trago y me lo sirven rápido porque en el bar no hay nadie más y transmiten un partido rarísimo, Saprissa contra Saprissa, qué diría Hegel, me digo. Me lo tomo de un sorbo.

Todo es gris. El pescado tiene manchas. Las papas tienen manchas. Como cualquier cosa, no sé ni cómo pago, y de pronto estoy caminando por Plaza Víquez y hace este frío del carajo y me acerco a las líneas del tren porque se me ocurre que deben ser al tacto como bloques de hielo que se desplazan flotando en el Atlántico, pero son como nada, se sienten como hundir la mano en un pozo inundado de telarañas y de polvo, como un agujero cubierto desde eras sin nombre o sin cronología. Otra gente vivía en eterno presente, se me ocurre.

Me pregunto si se ha quebrado algo, como una membrana que sostenía luces frente a mí, como la puerta oculta por la cortinilla de luces navideñas, pero más espesa, la puedo tocar pero no sé si le abrí un hueco porque sigo caminando y ya nada se parece a lo anterior, ya no volveré al estado anterior, ya no me preguntaré las mismas cosas. Me siento frente a la línea del tren pero a esta hora no pasa nadie. A esta hora nada se mueve. Solo el viento y las bolsas de Megasuper tiradas y las botellas de Tropical y las colillas de cigarro. Todo va a parar a una horrible pirámide en la base de una colina imaginaria sobre la que se alza el centro de San José, que es, en realidad, un montón de barro y palos y zacate en medio de ríos, como una isla de musgo en un mar de podredumbre.

De repente ya no estoy ni en el bar ni en el parque ni en ninguna parte, sino en una calle, frente a una casa, cualquier dirección, y las ventanas todas negras, todas las luces moribundas y televisores como luciérnagas. Siento como una cosa que me quema la garganta, no sé qué, y que me baja hasta el pecho, hasta el estómago, hasta el mismo centro de mi cuerpo y me saca de balance.

Y me cae encima una sombra espesa, viscosa, ácida como un vampiro que descendiera y me abrazara así como una nube pasajera o como un camión o como una sombra proyectada desde lo más alto de esos edificios amarillentos, flanqueados por rótulos espantosos de neón, apagados, prendidos solo cuando el dueño los recuerda, orgullos previos. Nada, me acerco a ella y veo que se incomoda, que le espanto los carros, pero no hay carros, solo hay una inmensa cinta de asfalta marcada de semáforos que no señalan nada a nadie porque cuando por fin hay carros les da igual el color de la lamparita, se saltan lo que sea o no se saltan nada, siguen y pasan y se confunden con la brisa cuando uno va caminando con los ojos cerrados.

Pero me acerco y me grita “Cuidado, pito”, y me vuelvo y quién sabe qué cara le hago que me sonríe y me pide fuego, y me acerco. No tengo fuego. No tengo trago. Sí. Saco una botellita y tengo gotas. Casi agua. Casi nada. Luego me dice “Te regalo un blanco” y apenas defino sus labios detrás del humo, así que no le entiendo el nombre, pero no importa. “Loca, qué frío más hijueputa”, me dice, le confirmo, me vuelvo: nada. Taxis vacíos. Parqueos desolados. Ratas famélicas mordiqueando cajas de cartón que transportaron comida, pero hace mucho.

“Nadie me ha parao hoy”, me dice y yo no sé qué significa. No sé si es tarde o temprano. “Estoy tomado”, le digo como quien tiende un puente o como quien tira una cuerda desde el borde rocoso sobre la espuma. Me deslizo sobre la espuma. Planeo sobre la pirámide horrible al fondo de San José. Al fondo no: en el centro. Suspendido. “Estás cruzadísimo”, me trae de vuelta.

“Tenés precioso el pelo”, le digo, aunque sea mentira. “Todas mis hermanas se peinan igual”, confiesa, “me vieron en el cumpleaños de mi mama y se volvieron locas: todas se hacen la misma trenza y yo ahí, amarrándoles el pelo a todas en el sillón de la casa de mi abuela, hacete la idea”. Pero no me imagino nada porque no se me ocurre cómo se verán las hermanas, pequeñas, mayores, flaquísimas, morenísimas, de pelo oscuro como el vampiro esponjoso, espeso, que se me tira sobre el cuello y lo estira hasta reventar todos los tendones, abrirme desde adentro, escurrir todo lo líquido y tirarme frente a un árbol raquítico en un parquecito solitario cerca de mi casa.

Nada queda cerca de mi casa. Solo hay basureros reventados. La punta de la pirámide. Uno se mira las manos como si estuvieran llenas de barro. “Dame otro”, le digo, es tan tarde. Recuerdo las olas cálidas a las cuatro de la tarde en Manuel Antonio, se lo cuento, pero me dice “Nunca he conocido el mar. Nunca he estado en la playa. Quiero llevar a mis hermanitas”. Ya sé cuántos años tienen, pero no me sirve de nada porque no conocen el mar.

Volveré a través de las calles anchas y deshabitadas y todo volverá a ser como al principio.

 

Antes del puente

•octubre 15, 2012 • Dejar un comentario

Se despierta, incómodo, a las nueve y media de la noche. La calle se ve desierta desde la ventana, pero debe de haber gente allá afuera porque se oyen gritos, pitos de buses y rumor de parejas conversando. El vidrio está empañado. Se pone una chaqueta, toma un libro cualquiera del estante (no lo ve porque no enciende la luz) y baja corriendo las escaleras.

Ahí está, lo recordará muchos años después frente al río, en otra ciudad, en otra parte. Pero ni la ciudad ni el río tienen nombre todavía. Ahora, se sienta con las piernas cruzadas en una silla roja, en la única mesa vacía de una cafetería inundada de colores chillones. El ruido de las paradas de bus compite con el olor a pan añejo por desorientarlo más, pero él se sube el zipper de la chaqueta, saca el libro de la bolsa y empieza a leer. Se acerca una morena con delantal azul y le dice

-Buenas.

-Buenas -responde.

La chica le trae un café negro y un pan horrible con jamón y queso crema.

El libro es una selección de poemas de Julio Herrera y Reissig. Lo compró en 1.500; lo encontró lleno de polvo y con múltiples marcas y palabras tachadas. Como si el primer lector hubiera sido el poeta, o hubiese querido convertirse en poeta, o las palabras del poeta se estuvieran convirtiendo en otra cosa mientras las iba leyendo. Los versos son pomposos, sonoros y excesivos. No podrían distanciarse más de la cafetería: ascética, forzada a ser infantil por los colores de los muebles, la cerámica absurda y los uniformes de las cajeras. Lo contrario del parnasiano uruguayo. Lo contrario de esa calle de San José, de toda la ciudad.

Ahí están los postres mareándose en las vitrinas giratorias, ostentando sus frutas y lustres como pequeñas esculturas, fresas y melocotones apilados sin gusto ni preocupación por la estabilidad. Uno saca el postre de la bandeja y se desploma, pero da igual, ¿no? Le corresponde a un chiquito de cinco años hundir la nariz en el lustre, convertirse en la página laminada de un álbum o en una insignificancia dentro de una tarjeta de memoria que se perderá antes de que cumpla los dieciocho. ¿Qué será de la memoria cuando se imprima la última foto?

Envuelve los residuos del pan en las servilletas y se toma el resto del café de un sorbo. Siente que le hierve la garganta pero se levanta rápido, camina sin volverse, sin excusarse si se topa a alguien de frente y piensa si recordará todo esto cuando tenga ochenta y no pueda moverse y tenga que aguantarse dos horas, cinco horas, todas las horas en un sillón, el único sillón, en un apartamento medio vacío. ¿Cuáles libros tendrá entonces? ¿Cuáles son los que se quedan con uno?

Ahí está la plaza con parejillas desperdigadas y bolsas blancas de plástico. Ahí está la caja de Hi-C reluciente bajo las llantas del bus de Tres Ríos. Ahí está la luna, que debe mojarse cuando llueve, todo se moja cuando llueve, todo es una rima de un libro de niños, ojalá uno en el que la luna saque un paraguas y se ponga a recitar poemas para gatos y zorros.

Pasa por el supermercado, los bares y las plazas y llega a una cantina medio oscura, con unas luces verdes bajo la barra y las chicas Pilsen desde 1989 hasta 1996. El tiempo se detuvo en 1996. Los años se convirtieron en otra cosa después de 1996. Recordará todo esto cuando 1996 sea una marca en la historia o un año-que-no-fue, un requisito. Un año bisiesto con el primer Pokémon y con Dolly.

Se sientan unas 4 o 5 personas cerca, en una mesa pequeña, todos piden bebidas distintas y uno podría calcular el carácter si les pusiera atención. Él se vuelve y se da cuenta de que perdió el libro en algún punto. No, está en la barra, empapado de cerveza. Lo envuelve en servilletas y nota a un muchacho alto, altísimo, tal vez (está sentado), que lo mira disimuladamente. O no tanto, porque se nota. O no tanto, porque se levanta y se acerca. Él se congela y se vuelve hacia la cerveza. O no tanto, porque tras pedir una cerveza, pide otra.

¿Cuántos nombres puede acumular uno en la mente durante una vida? Luego son las 3 y está sentado en un muro, frente a un parquecito solitario, algunas luces encendidas a lo largo de la calle, la llovizna, las bolsas, el zacate, las cajas, los perros, la chaqueta cerrada hasta el cuello, las tenis mojadas, el libro empapado envuelto cerca del pecho, los grillos, un disco de un africano que nunca nadie ha escuchado en este barrio o en este año.

Todo se pasa tan lento que cuesta creer que luego signifique tan poca cosa. Cuando esté frente al puente, en una ciudad que todavía no tiene nombre, sin saber él si conservará él mismo su nombre, recordará la noche, los queques y el instante preciso en que se vio a las 4 de la mañana, abrazado por el muchacho moreno, sin camisa, helado, el otro cálido, vivo, respirando tranquilo. Se deja abrazar y se deja ver. Se deja imaginar.

Luego es 1996 otra vez y está jugando con una tortuga por última vez en ese patio. Luego es este año, cualquier año, y está tomando café rechinado a las 10 de la noche.

Son las 4 y media, se levanta, se asoma por el balcón, ve de nuevo el muro, saca el libro de Herrera y Reissig de la chaqueta, lo esconde en una gaveta que nadie debe abrir nunca, marca un verso cualquiera, uno que no signifique nada dentro de treinta años.

Son las 9 de la mañana y está de vuelta en su cama, acostado boca abajo, solo. Se le antoja sofocarse con la almohada y olvidarse de todo hasta que esté frente al puente, dentro de muchos años. Se levanta, va al baño, orina, se lava las manos, alza la mirada, se ve en el espejo y ve al viejo que todavía no existe que caminará por una ciudad que todavía no existe. Son las mismas ojeras.

Fronteras intermitentes

•septiembre 17, 2012 • Dejar un comentario

Un hotel en las montañas de Heredia. Edificios chatos reducidos por la luz amarillenta a una gran mancha en las colinas. Como un resplandor que aparece y se oculta, visto desde la carretera. Las llantas aplanan la calle de lastre y destrozan las ramas caídas al suelo, entre las piedras. Fabián baja la ventana para oler los árboles.

- Hoy comemos acá. Mañana salimos a caminar – dice mamá -. Hay una piscina y un gimnasio. Dan paseos a caballo. La vas a pasar bien.

Es de noche y las luciérnagas se agrupan en torno a los charcos en la parte baja del terreno del hotel. Los balcones iluminados suman unos tres o cuatro. El resto se consume en el tedio de las seis de la tarde. En la distancia se oyen gritos, aullidos de borracho. La brisa comprime todo. Fabián arroja los brazos sobre la mesa de madera y deja que el pelo le cubra la cara. Ya no se puede leer a esta hora. Solo se pueden adivinar los contornos de las cosas y esperar que no se las trague el bosque. Aúllan los borrachos. El bosque se lo traga todo y envuelve la montaña: es una finca que no tiene fin, o un terreno que en algún punto se convierte en ciudad, sin límites ni señas. Se confunden en el medio.

Unas campanillas colgadas sobre los pórticos de las cabañas tintinean con insistencia. Se apagan un segundo apenas, como un respiro, antes de desatarse nerviosas. Fabián tira el libro a su cama y se estira frente al pozo inutilizable. Es un pozo ciego que nació ciego. Es un engaño premeditado como la fogata eléctrica. Todo se le hace asqueroso, forzado y frío al tacto. Las piedras que forman las paredes no llegaron acá sino en camiones que antes transportaron vacas. (Las casas contienen la boñiga seca dentro de sus paredes; dormirán sobre estiércol).

Dos tipos descienden por la empinada colina, húmeda de rocío. Evitan los charcos y hunden sus zapatos en el zacate. Aplastan minúsculas flores amarillas que a esta hora nadie ve. Fabián se acuesta en la silla larga de madera y reclina su cabeza sobre sus manos entrelazadas. Mira arriba y no ve nada. Nubes que se confunden con otras nubes. Las hojas más altas capturan reflejos de la luna y los quiebran de inmediato. Los dos hombres, uno más viejo y grueso que el otro, conversan en voz baja. Fabián se esfuerza por no verlos pero algo le atrae sin remedio.

Son desagradables. Caminan con un ritmo forzado, extenúan la voz con una nasalidad inventada, remedan una conversación que gira en torno al espacio en blanco que los une. Fabián se sienta en el suelo y se imagina que seguirá descendiendo toda la noche, hasta desaparecer en los senderos. Pero se levanta y camina hacia el restaurante, que recién abre sus puertas. El camarero, de camisa blanca y almidonada, le recibe con un buenasnoches susurrado.

No le sirve el café el primer muchacho, sino un moreno hinchado que apenas cabe en su uniforme. Su delantal está arrugado en el borde inferior y el sudor baja por detrás de sus orejas a pesar del frío. Fabián se instala en una mecedora en la terraza y mira hacia la ciudad, allá abajo: nube de luciérnagas. Su mamá se acerca por detrás y le pregunta qué se había hecho. Ve cruzar a los dos hombres que caminaban juntos por la colina. Él responde, casi alegre, que leía en el campo. Le encanta leer en el campo. Su mamá sonríe y su padrastro entra, con un porte orgulloso que no le va, la nariz regordeta sobresale bajo la gorra, la hebilla de la faja reluce bajo los bombillos.

Se trasladan a una mesa junto a la ventana. Los otros dos hombres ocupan una mesa más pequeña en el otro extremo del restaurante, junto a los baños. El mesero regordete baila entre ambas mesas hasta que llegan dos carros a la vez y se confunde definitivamente. No está acostumbrado a su trabajo. Fabián se pregunta cómo habrá llegado a este hotel, hundido entre fincas inútiles y despobladas.

La piscina murmura. Una chica se lanza al agua y sale pronto, gritando, helada. Su piel pálida no se refleja en el agua.

Su padrastro inventa una conversación con el pobre mesero confundido y lo ata a la mesa unos minutos. Les cuenta sobre el origen del hotel: hace muchos años, una pareja se extravió en el bosque y vino a toparse con una finca preciosa, pero abandonada. En la cima de la colina vivía un anciano -había peleado en la guerra del ’48- que no tenía una idea de lo que pasaba en el mundo. Su hija subía de vez en cuando, rellenaba su refrigeradora, cambiaba las pilas del radio, lloraba un rato en el rincón que llamaban su cuarto y se iba. El mesero la conoció: ella le vendió la casa a los actuales dueños. Así que el mesero había estado allí desde el principio. Quizá se ponía nervioso precisamente porque amaba el lugar y quería que fuera perfecto. Quizá era tonto.

Cuando terminan de comer, su mamá y su padrastro huyen hacia la cabaña, muertos de frío. Verán una película y descansarán, dicen. Fabián se queda con media cerveza que ha dejado su mamá. Los dedos entumecidos por el frío. El pelo alborotado cubre las orejas.

Fabián se levanta después de un rato, no sabe cuántas horas han pasado. Han ido y venido más comensales, todos se han retirado a sus habitaciones o a sus casas, en las montañas. Quizás alguno vino de lejos. Fabián sale a caminar y se encuentra con senderos pobremente iluminados, reflejos plateados ocasionales, caballos adormecidos al final del camino. Se vuelve hacia las habitaciones y topa con un edificio pequeño, con las paredes traseras despintadas y el musgo escalando desde la base. Es el gimnasio.

Fabián entra y se instala en cualquier máquina. Corretea hasta sudar. Luego estira los brazos, alza pesas, regresa a la bicicleta. Luego se pasa a otra bicicleta, pero está dañada. Concentrado en repararla, no nota cuando el hombre viejo, el que descendía por la colina, ha entrado al gimnasio y corretea en una bicicleta. Solo cuando alza la mirada lo encuentra. Lo ve de frente y vuelve a lo suyo.

Cansado, Fabián mira por las ventanas. La piscina, muy lejos. Los carros dormidos. Las cortinas corridas. Deben ser más de las diez. Los grillos forman una barrera que rodea el hotel completo. Nadie puede escuchar. El tipo se baja de la bicicleta y se acerca.

- ¿De dónde sos?

El resto pasa rápido. El tipo habla un poco más y desliza la mano por debajo de los pantalones. Fabián mira hacia arriba, fija la vista en un bombillo rodeado de polillas. Piensa en la piscina. El agua como un témpano de hielo. Los senderos como cuevas vueltas al revés. Está en un baño inutilizable al fondo del gimnasio. El hombre le baja los pantalones y balbucea estupideces. Fabián se deja hacer. No piensa en nada más que en la luminosidad enfermiza que bordea las casuchas y las habitaciones elevadas. El hombre, de rodillas. Sobresale su panza hinchada. El cabello gris, sucio, que cubre las orejas. La calva que reluce.

Termina y el tipo orina en el piso del baño. La mancha amarilla se desliza sobre la losa. No dice nada y se marcha. En la puerta, se vuelve y le dice:

-Mañana, a las tres.

Fabián se sube los pantalones y pasea por un cuarto oscuro, vacío. Mira por la ventana como el tipo se aleja y sube las escaleras hasta su habitación elevada. Fabián trata de ver las cabañas, más allá de la piscina, pero con dificultad define la superficie del agua. Todo el resto se convierte en neblina.

-

Amanece. Da una vuelta por los senderos. Todo permanece en silencio, excepto las vacas. Les da por mugir cuando pasa. No muy alto. Camina largo rato. En realidad, unos quince minutos que se dilatan en su mente. Lombrices salen a estirarse al sol. Eso hacen. Llega hasta un recodo del camino, se vuelve y topa de frente con una construcción de madera podrida. Detrás de ella, un alambre de púas roto. Sigue el camino de la cerca.

El hotel entero está rodeado de alambre de púas. Lo sigue, apenas unos cien o doscientos metros, el ascenso es ligero. De pronto, junto al alambre, una pared familiar. Es la cabaña donde duermen su padrastro y su mamá.

Tres para las siete

•agosto 27, 2012 • Dejar un comentario

‘Tigre’, de Chuyo (Oki) Kangaku

La del mat de yoga

bebe de las caras de gente que pasa

también de los nombres de buses

esperando un viaje que no empieza

Dios se apaga a veces

En el jardín donde se cayó Hilda

no se deja tocar ni poner la almohada bajo la cabeza porque la han secuestrado

¿por qué la tratan tan mal si es tan decente?

Su hija se aferra a mi brazo y me pide ayuda para darle

la pastilla, minúscula,

sin peso

ella arranca las flores desde la raíz y grita

y grita

El alma del padre Pío

Su Nombre divino

debe estar en otra parte

o no le toca a esta hora

Los golpes no dañan los ejes de las bicicletas

sino la fuerza de las piernas

Pequeño desvarío geológico

•julio 30, 2012 • Dejar un comentario

Tendré que inventar muchas flores con sus nombres

para llenar el pedacito de tierra

enfrente de mi casa

Mi tiempo es el del agua y las cordilleras

que bauticé antes con voz de ciruela

fuerte aunque fuera ajena

El cuerpo se hace día tras día con metales pesados

un plomo que desgarra la tráquea

desliza sobre sí las horas

Mi pecho es el mayor terreno deshabitado

un jardín estirado y lleno de grietas

el metal se templa con vino

Tendré que ofrecerle muchas hojas de papel blanco

para que firme con paciencia

y me explique lo que quiera

Pero me ve de frente, me desangra y me enerva

me drena y luego, me encierra

para caminar por el jardín

No se encuentra con nada porque nada me ha hecho falta

extraño palabras que podría forjar

como una cordillera

O como una flor fragilísima

que llevara, pues, su nombre.

Diente de león

•julio 19, 2012 • Dejar un comentario

Siento que todos los días me despierto en un continente distinto. El aire, a veces, sabe a sal. En otras ocasiones, siento que me envuelve una fina película de dulce, de miel derramada. Abejas minúsculas pasaron toda la noche regando la miel sobre mis brazos. Mis labios saben a cobre.

Me siento con las piernas cruzadas en medio del polvo. Todo se transforma; en todas las direcciones se disparan piedrecitas minúsculas que despedazan telarañas, revientan ondas en el agua, agujerean panales.

Me siento con las piernas cruzadas sobre un lago. La humedad se pega en las orillas, se desparrama sobre la tierra como una telilla incómoda, pegajosa, de plantitas minúsculas y palpitantes. La luz se desintegra y se convierte en laureles, en montones de zacate rodeados por pilas de basura. Luego empieza a crecer mi pecho y se infla hasta absorber remolinos enteros, piedras volcánicas.

El cuerpo es eléctrico. La espina es acuática. Las piernas son metálicas.

Un diente de león en una colina. Inclinado sobre la corriente de agua. Al costado del lago. En la orilla del mar. Al borde del continente. Hojas sin tiempo. Un diente de león desgajado y suspendido en el líquido amniótico, o el vientre de una ballena, o el interior de un cuarzo.

Un diente de león conservado en ámbar. Quieto, extendido, diminuto.

La garganta se siente como el interior de un tronco. Millones de tubitos invisibles transportan sangre de la raíz al cerebro, que se descompone con cada bocanada de aire. Me oxido.

Hago combustión como una estrella infinitesimalmente pequeña que se inmola para que, en algún punto no cartografiado del universo, un niño pequeño se siente con las piernas cruzadas en su balcón y admire las llamaradas convertidas en un punto sin edad.

 
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