Los caballos salvajes

Entonces empezamos a correr. Se rompió la vieja cerca de madera, podrida por todas las terribles tormentas que había tenido que soportar, deshecha, se rompió con el simple golpe de los cascos del caballo negro. Uno tras  otro, los caballos habían empezado a saltar sobre la cerca, luego sobre sus restos, marcando profundamente la tierra húmeda y aplastando los retoños de las rosas y el anís del suelo. No sabíamos qué hacer.

El rocío había cubierto los campos con una suave capa plateada. Quería rozarla con la mano, quebrar las pequeñas perlas de agua que se habían depositado sobre las hojitas y luego sentir la frescura en mi mano y en todo mi cuerpo. Queríamos tumbarnos en la hierba pero mamá nos hubiera regañado por ensuciarnos. Ali tomó mi mano y me llevó a caminar entre los pinos, al sur de la finca. Julio, Sergio y los otros estaban cargando cajas, subidos en los manzanos, llevando y trayendo palas en todas direcciones. Era temprano en la mañana, y hacía frío. Ali me dijo que fuéramos al establo, y a ver a doña Antonia ordeñar a las vacas; tal vez nos regalaría un vaso de leche.

Los tablones rojos del establo no brillaban como en los días de verano. Se veían opacos y sucios con el barro y la boñiga de incontables mañanas, desde que había empezado a llover y limpiar las paredes a cada rato había perdido el sentido.  Caminaba guiado por Ali, sorteando los agujeros que las pezuñas de los caballos del establo y las vacas habían hecho en el suelo el día anterior. Algunos huecos estaban llenos de agua. En ellos saltaban gusanos, o eran sobrevolados por mosquitos silenciosos. En todas partes, briznas de hierba quebradas y flores deshechas adornaban el suelo con un tapiz a la vez delicado y confuso, en el cual se hundían los pies si uno se quedaba mucho tiempo quieto. Ali y yo nos movíamos rápido, sorteábamos las piedras, los charcos, saltamos sobre un par de barreras.

Luego llegamos al establo. Oíamos gritos a lo lejos, tal vez Sergio, pero no le entendíamos muy bien. Y empezó a llover. Empezamos a correr. Una horda de caballos salvajes había irrumpido en la granja. No sabía que había aún caballos libres en los campos, no tenía idea, y nunca me habían hablado de ellos. Ni siquiera Tito, sentado en la mecedora, cuando limpiaba la escopeta, había hablado jamás de caballos salvajes. Pero Sergio no dejaba de gritar que tuviéramos cuidado con ellos.

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~ por fche626 en diciembre 17, 2009.

3 comentarios to “Los caballos salvajes”

  1. Te apaludo, es un maravilloso relato que dá para más todavía,

    con las preciosas descripciones llenas de grandes metáforas, has

    llenado todos los espacios con grandes sensaciones, puede si

    si quisieras a aventurarte en una novela. Das un giro grandísimo

    con éste realto. Muy muy bueno, creces cada vez más. Un abrazo.

  2. Todo lo que escribes es muy hermoso.

  3. Feliz Navidad y próspero año nuevo.
    Espero seguir leyéndote.

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