Kodachrome
Encontré una fotografía amarillenta, con los bordes rotos, muy vieja. No sé quién pudo haberla tomado, ni quién decidió conservarla. No conserva el color original. Es un retrato. Una sonrisa espontánea en una cara desconocida. No tengo idea cómo llegó a la gaveta del tocador. No creo que nadie conozca a esta mujer.
Descarto lo obvio primero. No es una amante, porque éste no era el mueble del señor. No se trata de una prima perdida, porque sus facciones no corresponden a nadie de la familia, y no hay posibilidad, por ninguna parte, de que sea una hija de la familia que nadie recuerda. Sus ojos brillan bajo pestañas pesadas. Me huele a limón y a café muy fuerte.
Dentro de muchos años, alguien hallará, en un mueble entonces antiguo, una foto de mi cara tomada cuando no sabía que lo hacían. Tal vez aquella que me tomó el novio de mi amiga en una montaña cubierta de niebla. O una de la serie tomada junto al mar en Limón. O una a la luz de la tarde en mi sala, con mi gato al lado. Y a alguien oleré a maracuyá, a té o a menta.
No voy a ser familia de nadie ni voy a ser el ex-esposo de ninguna prima lejana. Mis ojos no contendrán ningún recuerdo, del todo. Si acaso, una tenue calidez, una chispa que inicie un cuento sostenido como una gota de rocío sobre una hojita tierna en un rosal. Porque ahora, me imagino que ella, cuando fue fotografiada, estaba en un punto crucial de su vida. Me imagino que él la amaba, ¿cómo no amar ese rostro tan sereno? Pero ella guardaba hojas secas y húmedas por dentro, piedras diminutas y mechones de cabello.
Me hace pensar en un jardín quemado por el sol donde brilla una flor amarilla espectacular. Ella tal vez fue eso.
Fotografías de uno van quedando en el mundo y es imposible recogerlas todas, porque no todas han manchado el papel, ni siquiera han llenado una computadora. Nuestras caras han sido detenidas por ojos de hambre y de sed, han sido congeladas en una fracción de segundo y para siempre. Fotografías banales: tengo una caja llena de ellas. Está acá adentro. Caras como esta. En un mueble viejo, o en un alma herida, alguien va a encontrar una foto mía. Tal vez tomada en un bus camino al trabajo, o en un parque rodeado de niños. Claro, ¿cómo decir “recuerdo a Fernando”, “recuerdo a un muchacho que…”? Ni yo podría decirlo sobre esas caras que guardo. No conozco a nadie. Pero, en frases como “Cuando yo era joven, me sentía muy solo…”; “Yo iba al trabajo en el tren”; “Yo siempre le fui infiel, en la mente”, ahí estarán enredadas todas las caras y todas las sonrisas, y todos los aromas también. Un pequeño jardín.
Uno ve un rostro y nunca lo olvida. Debe aferrarse a ello, porque el resto lo lava la lluvia, lo lavan las lágrimas. De mi infancia no recuerdo nada de lo que sentí. Solo guardo lo que vi. Un rostro en una parada de bus. Una pierna desnuda junto a una piscina. Un gato saliendo de un espeso matorral. Una telaraña colgando sobre la cama. Así funciona la memoria.
(Foto de autoría propia. Gracias por leer.)

Que hermoso cuento. Tan evocador, tan inspirador de olores, colores, formas ideas…
Admirable.
Un placer