Canción de amor para días no vividos (todavía)

Como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida, Antonio camina entre las ramas con la seguridad de quien enfrenta la muerte. Como si atrás se concentraran sueños de insomnio, planes fabricados en la ducha, muchas horas de contemplar las cajas de Hi-C arrastradas por la lluvia en los caños, a través de la ventana del lado izquierdo del bus (jamás el derecho). Los arbustos pequeñitos, las piedras húmedas, hay que tener cuidado de no resbalarse porque llovió en la tarde. Y hay que tener cuidado de no hacer mucho ruido para que el otro no se percate antes de tiempo de que hay alguien cerca.

5700_118913963202_741188202_3026201_679582_nPipo lame la mano extendida del dueño. Su cuello blanco, pálido en la luz de la luna y de los farolitos, la luz amarilla que atrae a las polillas y que ilumina el largo camino alrededor y a través del parque. Cómo no exrañarlo, se dice Antonio con la suavidad y serenidad de una oración aprendida bajo las cobijas, repatida por mamá, un mantra milagroso y extemporáneo. Cómo no amarlo. Ni siquiera hace falta haberlo besado para sentir en los labios un temblorcillo por el frío de la piel. Y debe oler a sandía, a vainilla (pero la real). Y sus labios deben saber a canela como cuando se bebe un capuccino con elegancia. Y sus ojos deben mirarlo a uno de frente, y se debe sentir como tumbarse en la hierba en una cuesta al lado de la carretera, en una montaña en Coronado.

Hablarle debe ser como tirar piedras a un precipicio, detrás del cole, en La Sabana. Antonio cruza con cuidado el puente, no vayan a crujir los viejos tablones bajo sus pies. Camina saltando entre las piedras como quien está seguro de todo en el mundo, como si no hiciera falta una sola respuesta. Pipo mueve la cola y no lo ha olido, es una buena señal. Y su dueño va ensimismado, tal vez con los audífonos puestos (no se ve bien porque está pasando por la parte oscura, bajo los árboles más altos, donde no hay luz cerca). ¿Cuánto tiempo se puede aguantar la respiración bajo el agua? La limpieza alrededor de los basureros es rara. Él camina despreocupado; él arrastra los pies; él no mueve las manos, es Pipo el que lo lleva a él y no al revés.

La luna entre las nubes y las ramas es una imaginación, un señuelo. Las estrellas son migas de pan. Abrirse hacia la infinidad del cielo… dejar de respirar… Se acerca al próximo farolito. Bajo él, una banca de madera bajo cuyos tablones, ¿cuántos chicles y cuántas colillas de cigarro? Y mosquitos, de seguro, y polillas extraviadas, confundidas, como peces en un estanque cuando uno arroja una piedra enorme y el agua, esa tela tan delicada, se revienta en largas ondas sin pausa hasta la orilla. Él mira a los lados como si descubriera árboles desconocidos, misteriosos, guiado por un perro extrañamente silencioso.

Lo llevaría de paseo, en un auto conducido por un rostro sin ojos, sin nombre, a través de la Tierra, en carreteras rectas, planas, inacabables. En una tarde lluviosa, junto a grandes plantaciones de piña, de caña, breves bosques de aguacates y mangos, arrozales y luego, por un momento, un jardín de orquídeas, casas de lata, de tablones, una parada de bus abandonada, el sol derritiéndose en el cielo distante, más allá del fin de las planicies y tras las altas cañas. El aire que sabe a mango y a caña, a ratos. Lo llevaría en los regazos. Ambos irían en silencio. Y se verían solo para sonreírse y seguir durmiendo.

Andrés.

Solo toma un momento en que se de cuenta de dónde proviene la voz. Y sonríe, por Dios, sonríe. Y no solo eso:

¡Antonio! ¿Qué hacés por acá?

Y Pipo lame la mano del dueño y mueve la cola, frenético. Y la madera cruje cuando se sientan, y cuando Pipo salta a los regazos de su dueño, porque es demasiado pesado. Y Antonio hunde sus manos en el lomo del animal que lame su cara. Y ríe, por Dios, él ríe. Y lo mira directo a los ojos, como para la buena suerte. “A veces, me despierto en la madrugada y me olés a caña y al sol quemando la caña allá lejos”. Antonio nada más paseaba por el parque porque estaba aburrido en la casa. Si le preguntás si sabía que Andrés iba a estar ahí, paseando a Pipo, te va a decir que no. Pero no le preguntés. “Pero el olor es como el estallido de un fósforo en la caja. Se va así de rápido. Solo quedás vos. Y el frío que entra por la ventana”. El verde le sienta bien a Andrés, con ese pelo negro que debe oler a té y esa piel tan fresca.

No, en realidad no, nada. De por sí es domingo.

Sentir la vida correr desde los pies hasta la garganta y reventarse como alas de mariposa sobre dientes de león en un pastizal eterno rodeado por un bosque. Andrés y su nariz. Andrés y sus muñecas. Andrés y sus brazos desnudos en esta noche tan fría. Andrés y sus pestañas. Andrés y sus ojos. Andrés y sus labios. Andrés y su silencio tan alegre.

¿Un helado, mañana? Por supuesto. Sí, podemos ir por uno, y luego dar una vuelta por ahí, ¿te parece?

Una mano en el hombro para despedirse es como hundir una estaca en la tierra mojada. Antonio se sacude y sonríe.

A él. Tanto si lo lee como si lo ignora.

~ por fche626 en Noviembre 2, 2009.

2 comentarios to “Canción de amor para días no vividos (todavía)”

  1. Me encargaré de que algún día este cuento sea dramatizado.

  2. Amé este cuento, es tan real, y tan sincero. La manera en que se exponen los detalles le da un dramatismo genial. Gracias.

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