En el lado oscuro de la calle
(Lo que está en negrita y subrayado: hipervínculos)
-¿Lista ya? -dice Manuel, desde la puerta del apartamento de Gaby, por quien vinimos esta noche. Yo espero junto a él, mientras intento acomodar las mangas de mi abrigo, que compré en la tarde. Huele a nuevo. Con Calvin Klein (CKin2u), zapatos que le quité a mi hermano anoche y espero que no se haya dado cuenta aún.
Impaciencia: Manuel empieza a golpear suavemente la puerta con la punta de su zapato, que yo no hubiera escogido para usar con esa ropa, pero él es él, y se viste como quiere siempre. En todo caso, creo que el look desaliñado le va mejor, hasta cuando salimos a algún bar o fiesta; en la U, pues su estilo sería algo así como retro-grunge-Facultad de Bellas Artes-medionewage-Manuel, que sólo él sabe aplicar… Y por fin, Gaby sale del cuarto, hermosa como siempre, adoro su cabello; por supuesto, se estaba peinando, se estaba vistiendo, acicalando -bonita palabra, cargada de sentimiento, no del todo positivo-. Se acerca y me dice, al oído, “Si va a estar así toda la noche, me voy a volver loca”. Se refiere a Manuel, a quien apenas vuelve a ver desde que terminaron su relación, intensa y extraña, de tres meses. Breve, pero qué preocupación para todos los que los rodeamos, sus amigos más cercanos, que sabíamos del terrible temperamento que ambos comparten.
Salimos por fin, en un taxi de ¿Coopetaxi? ¿Vieron la placa? No, no fue el que pedimos. Bueno, ya vamos de camino, no le vamos a decir que nos devuelva al apartamento. Gaby va a mi lado, Manuel en el asiento de adelante, procura no ver hacia atrás; creo que cree que se equivocó al venir con Gaby, pero nada podíamos hacer, (en mi casa, anoche, cuando fui a dejar a mi hermano, que andaba en una fiesta, tan joven y ya sale tanto como yo, con 22 años y apartamento propio), Ale y yo le dijimos “¿Estás seguro? ¿De verdad querés ir?”, y él dijo que sí. Ale me puso la mano en la cintura, me llevó aparte, a la cocina, me dijo en voz baja que no le creía a Manuel; yo tampoco, por supuesto.
El taxista no habla, lo cual esta vez no es bueno. Normalmente, me molestan los precipitados juicios políticos que disparan los taxistas cuando uno ni siquiera ha entrado al carro, pero esta vez, como los tres permanecemos en silencio, sería agradable que el hombre rompiera esta neblina extraña, sacara una mano, un brazo, algo sobre Pamela Alfaro, qué sé yo, pero guarda silencio también. Me pongo nervioso. Ya quiero ver a Karla.
Manuel se mira en el retrovisor, trata de acomodar su cabello, lo tira detrás de las orejas. Me veo reflejado en el espejo, ¿me verá a mí? Lo miro con ojos “tiernos”, “compasivos”, “amorosos”, llenos de algún sentimiento en todo caso, tan repletos que debo apartar la mirada, arrojarme a la calle, me siento nervioso.
De repente, siento una extraña tranquilidad. Todo está en pausa. Todo se desliza por la ventana del taxi, las luces las arrastra el viento, el frío, mis manos que limpian el vidrio, para ver:
1) Un mendigo recogiendo comida del basurero, porque no, no se dice “méndigo”, maldita Televisa, sino “mendigo”, amo el idioma
2) Tres perros caminando en fila detrás de la fila de gente que espera el autobús, y se incorporan a ella, pues al final de la cola de -futuros- pasajeros del bus hay un basurero, sí, como el del “méndigo”, y de allí sacan:
2a. Restos de un hot dog, restos de una hamburguesa -quesoburguesa, dos en el combo 2 de McDonald’s, pero -a Manuel no le gusta Mc.
2b. Un papel roto, anuncio de un centro de belleza, ¿qué cómo lo puedo leer? Porque voy del lado de la ventana, y estamos esperando en un semáforo, entonces detengo la mirada sobre los perros, noto que están nerviosos, inseguros de su compañía humana, y entonces el taxi arranque de nuevo.
Ahora, nos acercamos a nuestro destino. La cola de la entrada es larga, pero no insoportable para mi impaciencia de hoy. Gaby se baja primero, naturalmente, ya que corresponde a mi caballería darle el espacio, que salga ella, sacar yo su abrigo, mientras ella se cuelga la cartera al brazo. La fila avanza un poco, estamos a menos de veinte minutos de entrar, y Gaby está adelante, Manuel detrás; soy la barrera entre ellos, soy el silencio que impusieron a su relación, soy el momento en el que terminó. Y no tuve nada que ver, pues Gaby es una de mis mejores amigas, confío en ella para todo, y ella confía en mí también, quería que fuera feliz con Manuel, de cualquier manera.
No puedo dejar de ver a Manuel, ahora es cierto, y no sé qué demonios haré cuando lleguemos adonde está Ale. Voy a volver la cara, Manuel va a tratar de hablarme de lo mal que se siente por lo de Gaby o algo así, y me va a invitar a un daiquirí. La fila avanza. Más. Entran cinco de una vez, y vibra mi celular. Msj d txt d Ale q dic: “amor ya stan aki?” Y yo le respondo “Sí,
“, sí, así de seco. Con esa intención. En seguida me arrepiento. Ale es ternura, Ale es entrega. Manuel, solo la distancia, la imposibilidad. Pero he tomado mi decisión. Adentro, muy dentro, en aquellos lugares adonde solo yo tengo acceso, he tomado mi decisión.
Aquí estoy, en el futuro proyectado desde la fila, pero no es daiquirí, sino Vodka Absolut, y veo que Gaby, a dos metros de nosotros, pide en la barra un Manhattan. Gaby es hermosa, una mujer bella, si no hubieran ocurrido muchas cosas -mi vida entera-, yo la amaría. Manuel sigue hablando, mientras observo a la causa de su discurso, no, no el Vodka, a Gaby, que es bella, su nariz, sus pestañas, sus labios carnosos, siento tantas cosas en este momento que sería imposible detenerme en cada una. Manuel, de repente
toma mi mano, y me dice que me quiere mucho, que no sabe qué haría sin mí, que nadie sabe escucharlo como yo
y luego sigue hablando sin esperar que yo reaccione. Pero él no sabe que ha atravesado un umbral diferente, ha roto una tela antes irrompible, ha penetrado en un terreno extraño que yo no había conocido, en todos mis viajes, en todas mis noches, junto a Ale, ha tocado fibras de lo más interno -y se acerca Ale, a quien había prácticamente evitado desde que nos saludamos, y me besa en la mejilla, y me pone la mano en la cintura como suele hacer, y se apoya en mi cuerpo. Saluda a Manuel con otro beso en la mejilla, más breve, por supuesto, menos cariñoso, y hablan por un rato de la U, del trabajo, de algo más que no puedo discernir, yo que tengo la vista fija en la mano que está asiendo la botella de vodka, estoy paralizado. Luego empiezan a hablar de mi *nuestro* apartamento, de que mi mamá llegó y se puso como histérica cuando vio el desorden en nuestro cuarto, y dijo “Ale debería limpiar de vez en cuando, ahora que está sin trabajo”, y entonces Ale me pide que lo cuente de nuevo, y como no estoy muy seguro de qué debo decir
-No, amor, mejor olvidémoslo, mami se pone necia cerca de diciembre.
Quiero salir corriendo. El alcohol empieza a hacer efecto, siento mi garganta en llamas, incomodidad general y quiero levantarme y salir a tomar aire. “No, Karla, tranqui, ahorita voy a bailar con ustedes”, y me levanto en serio, y salgo en serio, pero vibra mi celular de nuevo. Había contado con que dentro del club no tuviera señal. Ale: “stas bn?
no parece”, y le respondo que sí. Y es sincero.
Porque, después de todo, sólo me quiere mucho, Manuel. Mirá como se acerca a Gaby. Ellos nunca van a terminar. He visto tanto esta noche, que hubiera sido capaz de bajarme del taxi cuando vi al perro y a los mendigos. Quiero estar afuera, en la noche, en la ciudad, esperar algún bus, subirme, que me sigan los perros si los dejan subirse, y bajarme en la última parada. Y he visto a Manuel. Y ha dicho que me quiere mucho, tomándome la mano.
Nos estamos yendo. Ha sido una noche larga. Enrique ha tomado un tequila más del debido, y Ale lo sostiene, lo lleva hasta el taxi en el que se irá con Karla. Espero junto a Manuel, que fuma Pall Mall aunque había pasado criticándolo anoche. “¿Qué? Sólo éste vendían, y a mil”, me dice, y sonreímos. No le creo. “Además, es bue-” .Gaby sale de última, hablando y riendo con Julio, el cual no había visto en toda la noche. Deben ser las dos, o una y media. Me siento agotado, y los zapatos de mi hermano me tallan un poco, sin herirme.
Frente a la puerta de mi apartamento, espero a que Ale abra la puerta y saque el dinero que dejé sobre la mesa de noche, ya que nos hemos quedado sin efectivo y el taxi nos está esperando. Me hubiera llevado el carro hoy, pero me daba pereza ir a la gasolinera. Silbo a medias, respiro a medias, pues desde hace mucho no sentía tanto frío, ni me sentía tan aburrido. Manuel sube una grada, se acerca, sube otra, y me dice en voz baja que
me quiere demasiado, que me agradece todo lo que he hecho por él, y qué dicha que tengo una persona como Ale tan cerca de mí, porque me lo merezco, me merezco la
felicidad.
Me da un beso en la mejilla, y desciende, una por una, las gradas que llevan a mi puerta. Ale sale de pronto, con los billetes en la mano, baja corriendo y se los entrega al taxista. Se despide de Manuel con un abrazo, y éste agita la mano, con una sonrisa, desde abajo, despidiéndose de mí. Lo veo a través de la neblina, que quisiera limpiar con la manga de mi abrigo. Quisiera que alguien hablara, para no escucharme.

waah! bizarro!! pero me encanta. la situación perfectamente vaga y ambigua unida con l narración über-precisa en los detalles más insignificantes le da un tono genialmente frustrante.
Me atrapó la situación, la redacción sencilla pero dijo lo que tenía que decir