Un momento: La fuente

Hay una pequeña fuente en el centro de la ciudad, junto a una plaza poblada de palomas, que son perseguidas por los niños y alimentadas por quienes los cuidan.

No conozco la ciudad; no conozco los nombres de los lugares; no conozco las direcciones; no identifico ni los puntos cardinales cuando los edificios ocultan al sol, tan temprano en la mañana.

No sé adónde estoy.

Veo a mi alrededor. Escucho. Huelo.

Un niño sobre una banca, saltando, recogido por el brazo de su padre, y llevado luego en hombros. Una mujer de edad avanzada, no me atevería a adivinar cuántos años, come almendras tostadas de una bolsa de papel, que cruje deliciosamente cada vez que saca una nuez. No me lo esperaba: el niño corre hacia ella, que lo recibe con un cálido abrazo, y con almendras en la mano, por supuesto. Sus ojos se llenan de lágrimas, mientras el padre sonríe, apartado.

Dos bellas estudiantes comen manzanas, esperando la hora de entrada a su colegio. Hablan, sobre alguna anécdota graciosa, se ríen con placer, disfrutan su merienda. Una se inclina de pronto, se abrocha el zapato que se soltó hacía bastante rato. Solo yo debí haberlo notado. Su cabello largo y castaño le cubre casi todo el cuerpo doblado sobre las piernas, mientras ajusta el broche dorado. La otra le sigue hablando, pero se interrumpe para hablarle sobre un muchacho que pasa detrás de ellas, que es guapo, que lo vea, de inmediato. El joven es, en verdad, hermoso. Ellas lo miran pasar.

Sigo al joven con la vista, mientras cruza la plaza, sin prisa; la brisa mueve su cabello ligero, deja al descubierto la totalidad de su cara. Rasgos definidos, masculinos, con una barba apenas visible; ésta produce una sombra a su cara, de modo que resalta sus rasgos, el color de sus ojos. No sonríe, ni frunce el ceño. Sólo camina, camina dejándose atraer por los espectáculos coloridos de la calle más bulliciosa.

Cuando cruza la calle, naturalmente, lo pierdo de vista. A tal distancia, solo veo el semáforo para peatones, con su luz verde intermitente. Entre todos los que cruzan corriendo, en el último momento, una mujer joven, de ojos verdes, que salta a la acera para esquivar un taxi que se aproxima a toda velocidad, que apenas veo como una mancha roja que pasa frente a los buses en las paradas y se desvanece. La mujer camina, hacia mí, ¿tal vez hacia otro bus?, hacia un restaurante, no, dobla; dobla, tiendas, va de compras.

Desde la esquina por la que ella, la de los ojos verdes, pantalones ajustados, una enagua, lo primero que veo, una enagua floreada que cae sobre las piernas blancas, muy blancas, de una mujer joven con mirada de anciana. Sí… me detengo en sus ojos por varios minutos, pues ella hace fila en la heladería.

Ella mira hacia la fuente.

Ella retiene, en sus manos blancas, el agua, toda el agua; en el cuenco de sus manos caen los chorros de la fuente, se desborda el agua, y ésta corre por el suelo adoquinado.

Antes, un muchacho, hermoso, se llevó el agua, también, en el cuenco de las manos, se bañó con ella en el camino, lavó su cara y su cuerpo. Y dos jóvenes lo miraron, en su desnudez, ellas empapadas con el agua de la fuente anónima -un monumento a un héroe, ¿tal vez? No conozco la ciudad.

No conozco más que la fuente. Huelo. Escucho: como un riachuelo, que se desborda, que inunda las aceras, que envuelve los pies de peatones desprevenidos con el agua fría.

Un momento: la fuente atrapada por la mirada de los que pasan junto a ella, detrás de ella, frente a ella, que se sientan a unos metros para contemplar el movimiento de una ciudad desconocida, como yo, como todos.

~ por fche626 en Noviembre 8, 2008.

Una respuesta to “Un momento: La fuente”

  1. [...] con que es mi tarea capturar la belleza y lo grotesco y atarlas en las alas de una polilla, en las aguas sucias de una fuente citadina, en el pulso incesante del tamborcillo de un mendigo ciego en una calle atestada de gente. Y esa [...]

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