La laguna sin orillas

•enero 14, 2012 • Dejar un comentario

Nos llevábamos a tu abuelo a la playa todos los años, aunque nos dijera que no tenía ganas. ¿Qué se iba a quedar haciendo en la casa de Alajuela? Si hasta le aburrían los pericos, los perros, de todo se cansaba rápido. Se acostaba a las siete todas las noches, se despertaba a las seis solo por costumbre, apenas por inercia, como sostenido por una voluntad que ya no era suya.

Sí, era un esfuerzo de años anteriores, un reflejo: levantarse, verse en el espejo, hacerse la barba (se tomaba su tiempo con la espuma porque sabía que no importaba), vestirse con camisas recién planchadas por mí, irse a dar una vuelta al barrio, como si quisiera caminar hasta el trabajo. Pero ya desde hacía quince años que no iba a la oficina. Él te quería, aunque no te lo dijera nunca. Te quería porque le recordabas a él mismo de joven.

Fueron como pequeñas, diminutas variaciones en un medidor que pudiera captar cuánta vida le queda a uno. No digamos vida, sino energía, impulso. Voluntad, tal vez, si es que se pudiera controlar. Se iba cayendo a pedacitos diminutos, microscópicas partículas de piel, de uñas, de pelo, que hoy forman el polvo en el aire que respiramos.

¿No es abrumador pensar que respiramos los cadáveres de cientos de miles de personas anteriores a nosotros? ¿No se te va el aire? Y saber que se desviaron hacia una alegría, vacía por demás, fuera de este mundo. Corrieron hasta la orilla de lo perceptible y allí se lanzaron sin dudarlo. Ahora inhalamos y exhalamos voluntades anteriores a la nuestra.

Así se iba tu abuelo hacia la playa. Como el que se va a cruzar la vida completa, partiendo a las ochenta y nueve años, regresando a los cinco. De cinco años no me lo imagino. O sí: en el porche de la casa, junto a la mecedora donde tu bisabuelo, figura incognoscible, estatua invisible, limpiaba una escopeta que despedazaba cuellos y cabezas de venados en los bosques detrás del patio de la casa. Le daba pereza regresar con nosotros todos los años a la casa en Parrita, porque no soportaba el calor, las horas eternas en el carro, los perros ladrando y la vecina loca que se dedicaba a asustar a sus gallinas para que nos llegaran a hacer bulla en la ventana del cuarto.

Todo lo que jamás quiso hacer desde que dejó de trabajar era volver ahí. No te confundás. Se sumergía en el mar hasta que dejábamos de verlo (eso creía). Pero yo no lo perdía de vista. Una figura blanca, empequeñecida, ahuecada por dentro. Un hombre casi invisible en una costa perfectamente vacía. Como si se hundiera en la arena entre más tiempo se dejara invadir de sol y de agua salada.

Un gran mar oculto. Imaginate así el mundo. Una capa finísima de agua que sobresale a veces entre las piedras y el zacate seco. Olas que han arrastrado la tierra desde abajo por cientos de millones de años, dede que todo empezó a girar, a romperse, a fusionarse. Si alguien pudiera sentir esa capa subterránea de agua, no querría hacer otra cosa que sentirla toda el tiempo bajo las plantas de los pies y dejarse arrastrar pedazo a pedazo por encima de un río de escombros que desde muchos antes de que existiera la memoria han estado apilándose uno sobre otro en la orilla de un acantilado altísimo en cuya cima descansara con las piernas cruzadas un hombre pequeñito, canoso, delgado, transparente.

Tu abuelo de cuclillas. Si una nube ocultaba la luna no encontraría el camino de vuelta. Yo lo hubiera ido a buscar. El cielo despejado, sin embargo. De cuclillas frente a una laguna pequeñita que se había formado en la marea alta. Una laguna sin orillas. El mar brotando sobre el mar. El tiempo desenvolviéndose por encima del tiempo.

19:58, Barrio Luján

•noviembre 22, 2011 • Dejar un comentario

Mark Tobey, El camino

Ojos al frente. La pareja en el auto. Una discusión. Improvisación:

Un automóvil rojo estacionado bajo el poste de luz. Las manos afuera de la ventana. La cabeza apoyada en la puerta. Las bolsas de papel en el regazo. Un par de manzanas, The heart is a lonely hunter, un paquete de Marlboro, un cepillo de dientes. El semáforo en rojo. Los carros. Los pitos. Las llantas chillonas. Olor a cartón. La brisa. Los dientes blancos, las nubes cargadas de lluvia, las estrellas, la neblina. La voz elevada, el grito, el llanto.

La mano en el dial. Concierto para piano, no. 21, Mozart, “Andante”. La mano ahora en la pierna desnuda. El roce con el borde de la falda, con la bolsa de papel, la bolsa en el suelo. Palabras de disculpa. Los ojos uno frente al otro. La brisa. Saint-Saëns, la ignición, la mufla, el humo, las bolsas en el asiento trasero, la boca abierta, el humo. Los gritos y los gestos exagerados. La placa herrumbrada, los números azules.

El silencio. Labios. Retrovisor. Fin de Saint-Saëns. El labial rojo embarrado en los labios. Un hombre. Una cartera. Centelleo de abalorios. Maullidos. El carro detenido, otra vez. Las puertas. La rodillas contra la puerta. La enagua. La brisa. El pelo, la brisa. Los brazos, el frío, la pared deshecha y la pintura abombada, la madera podrida, las manos sobre la baranda, el gato, maullidos, quejidos, televisores, la Liga contra San Ramón. Mareo. Los zapatos llenos de barro. La mano en la nuca.

Sentada sobre el caño, las manos en el zacate húmedo, los ojos cerrados, los muslos temblorosos y las uñas con una capa de barro por debajo. Sonidos ahogados, palabras sofocadas, el viento, gol, gol, grito, el aplauso, los aplausos, las caricias, el rechazo, las rodillas cubiertas por la enagua de nuevo, el taconeo, la huida, la vuelta a la esquina, la sombra. Olor a banano podrido.

El carro abandonado.

El silencio, la brisa, el tambaleo de los cables, las ratas, las bolsas de pan tiradas, el libro sobre la guantera, las manzanas en la oscuridad bajo el asiento.

El beso en la nuca. Los pelitos erizados en el cuello. La oreja caliente. Las lágrimas secas sobre las mejillas, la brisa, el frío, el humo, los pitos de carros, las ventanas, las luces apagadas, el tren. Otra sombra, otra luz. El carro abandonado. La puerta cerrada. Las manos unas sobre otras, los brazos extendidos. El beso en la boca. Los reflejos en la ventana, los colores de la floristería, del parque, de los postes, del mariachi, del menú, condensados en una nube única aplastada sobre el parabrisas. La vuelta a la esquina. La sombra de las rejas proyectadas sobre la calle, sobre la nariz.

Ocho y veintidós en Barrio Luján. La Coca-Cola helada. Las piernas cruzadas. Otro libro, otras piernas las cruzadas, otras manos, los ojos. Los ojos lejos de la pareja. Los ojos en el libro. El silencio. Javier Solís. Gol.

Estampida y cierre: Take Five

•noviembre 15, 2011 • Dejar un comentario

Estalla en el piano de Dave Brubeck,

como un caballo extraviado,

un caballo repetido muchas veces,

como hormigueo en el paisaje,

en los ojos agotados frente a la pantalla.

Una insistencia, una necedad,

Joe Morello suavizado,

retenido por bandas transparentes,

de tiempo, el andamiaje

de manos encendidas como llamas.

Un fuego contenido pues,

un Paul Desmond bien medido,

un río desviado muchas veces,

agua bebida,

luz distinta y dominada.

Detrás y encima Eugene Wright, anotando,

acompañando el recorrido, la marcha,

la sazón de la espera y la estampida

el cierre de la hora,

la marea contra la ventana.

Ni muy refinado ni muy cuidado,

ni denso ni profundo,

una oleada, un fogonazo,

una escapada,

o un atajo.

 

 

amanecer/atardecer

•noviembre 14, 2011 • Dejar un comentario

Mori Ippō, Flores

En la acera frente a la casa han crecido flores amarillas minúsculas. Se las podría llevar el viento en cualquier momento, o podría sepultarlas el polvo que levantan los carros cuando pasan. Podrían secarse tras dos o tres días sin lluvia. Por suerte para ellas, un fino rocío persiste cayendo sobre ellas, sobre el laurel de al lado, sobre el techo de la casa, desde hace una semana. Es como la respiración de un dios.

El muchacho sale a la calle con la bicicleta de la mano y la empuja cuesta arriba.

Los ciempiés escalan las paredes derruidas y los barrotes del portón hasta topar con telarañas transparentes cargadas de cadáveres de moscas. El agua, sucia de herrumbre, se desliza, ocre, hasta el suelo y alimenta una mancha roja que crece y crece hasta llegar casi al caño. Montoncitos de basura de comején junto a la entrada. La señora los barre en un segundo. El perro yace al lado con el hocico abierto y la baba arrastrada por sus bigotes.

Él se detiene en la esquina y contempla un barrio enmudecido. Las campanas pesadas de bronce de la iglesia duermen. Los autos parecen congelados en la distancia.

El zacate quemado en las puntas recibió la lluvia. Gusanitos amarillentos se esconden en la tierra mojada y bajo los pétalos caídos de flores. El sonido chirriante de una hamaca, a lo lejos, detrás del río tal vez. Una chiquita corre y llama a su perro, que se soltó de la correa, a varias cuadras de la casa. Las mariposas vuelan describiendo una espiral por sobre el jacarandá ennegrecido y desnudo.

Por detrás, se acerca el de pelo café alborotado. Los jeans llenos de huecos y parches, moldean sus piernas o se adhieren a ellas, no se sabe. Huele a sudor, pero sudor dulce, mezclado con el vívido aroma de las cortezas resquebrajadas y el aire frío en la nariz.

El jugo de un mango reventado al caer al suelo rezuma de la piel de la fruta y se mezcla con el barro. Detrás de la casa, las tortugas asoman sus cabecillas negruzcas sobre el murito que las contiene, y se aventuran a salir. Las patas de los reptiles dejan marcas invisibles a simple vista sobre el suelo. Una mariquita desciende sobre el caparazón de una. Ella se queda quieta, ahí, petrificada. Toda la vida.

El amigo da un par de vueltas a su alrededor, círculos que se expanden a su alrededor. A cada mirada, se aleja más, se hace màs borrosa su cara tras la neblina. Él va a llorar hasta que se despierte, esta noche. Él regula su respiración con los ojos cerrados, le impide responder a las preguntas. ¿Qué vas a hacer ahora en la noche? ¿Querés ver una peli en la casa? ¿Te podés quedar a dormir? ¿Querés ir mañana al parque a jugar bola?  ¿Tenés tarea?

El sol desciende, se precipita. Como un héroe milenario herido por  las flechas de un arquero chino que derriba diez soles (lo que uno se encuentra en librillos viejos). Se precipita detrás de las montañas. El púrpura recubre las paredes de las casas de la esquina y oculta los mosquitos y los gatos que huyen. Las hormigas portan los restos del mango hacia escondites que han estado allí desde quién sabe cuándo. Toda la vida.

Frena la bicicleta sin aviso detrás de él, se diría que en su nuca, que se enerva y tensa. Siente el aliento sobre el cuello. El olor a sudor. La última onda de calor del sol. El atardecer detrás de su espalda. Sobre su espalda. En el contacto momentáneo con su brazo. En la mano que la entrega de vuelta el control de la bicicleta. En la voz que promete esperar una respuesta.

A través de los árboles, se divisa una luz que quema como un sol diminuto. Rodeada de polillas desde ahora. Un perro ocioso se levanta y mueve la cola para saludar. Él entra en la casa, toma un bulto cualquiera, arroja una camisa cualquiera adentro, el desodorante, el cepillo de dientes, y ropa interior. Cierra las cortinas con lentitud y huye de la casa, en la que no podría quedarse encerrado toda la noche. Corre subiendo la cuesta. Corre hasta el final de la calle, hasta el final de la vida. Toca el timbre.

La noche finalmente. Sus manos son como ramas de árboles sobre el agua. Se complacen en su reflejo. Se deslizan sobre el aire como sobre una tela. Un cadáver: un avioncito de papel con las esquinas mojadas. Tal vez cayó desde su ventana. Su peso entero se balancea como una libélula sobrevolando los charcos.

 

La condición

•noviembre 7, 2011 • Dejar un comentario

Ella camina sobre unos tablones mojados, colocados a manera de puente sobre los charcos. Deja atrás las piedras lisas, resbalosas por la lluvia y el musgo, verdes casi, negras casi. Ella lleva los ojos cerrados como si supiera el camino de memoria, aunque no ha estado aquí antes, nunca antes. Ella pone a prueba el principio de repetición. Una filosofía dolorosa y muy íntima que se ha diseñado a medida. Que todo se repite en todas partes, en condiciones idénticas, en esquemas generales calcados uno del otro, en espirales que se contienen y se conectan una con la otra, vistas desde arriba como círculos concéntricos rellenos de espirales.

Así que esta calle y este pueblo y este lote deben ser uno con cinco, cincuenta más, en toda la extensión de su territorio conocido. Las paredes tapizadas de borrones rojos, negros, plateados. La luna se encoge como una nube despedazada por el viento. Ella se oculta detrás de un árbol, recorre el sitio con la mirada, ve que todo está igual, que todo está en calma.

Se acerca un hombre, debe ser un hombre. Tose. Aclara la garganta.

El pecho de ella se encoge, presionado por el calor nocturno. Ella se agacha para ver mejor en la distancia, le impiden la vista una cerca de madera quebrada y marcada de clavos, de chicles, de mierda de perro. El hombre se acerca de todos modos. Avanza de todos modos. Se coloca frente a ella con una cara de la que todos los gestos han sido borrados, erosionada, agrietada. Con esos mismos labios y manos secas, le extiende el brazo para levantarse y ella hasta ahora se da cuenta de que está mal, de que se siente mareada.

Abre las manos y contempla las líneas de las palmas amplificadas por las sombras. Se refugian de la llovizna al lado de una casa en ruinas, unas tablas podridas a modo de techo, un enredo de alambre de púas a modo de frontera, de borde exterior de un laberinto. Las casas deshechas, los árboles hinchados de humedad, el interminable barro. Se forma un patrón imposible de copiar. Se distancia de todo conocimiento previo. Ella ya no puede adivinar. Él la toma del brazo y le habla al oído.

No creí que fueras a encontrarme

Me duelen las piernas

Él se la lleva por un lado del camino, peor iluminado, si fuera posible. Las montañas se dibujan como borronazos de sombra. Como brochazos de azul. Las cigarras enloquecen, el jardín hierve. Los mosquitos apuñalan las piernas desnudas de la mujer y la nuca del hombre. La pareja encuentra un rincón al lado de un taller clausurado.

¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

No quiero que me hablés así

Cómo entonces

Como

Ella se desabrocha la camisa aunque se sabe invadida por mosquitos. Reclaman su piel. Exploran su sangre. Vacían su interior. Despliegan su silencio ante la noche como una manta que cuelga de un cable en el patio de una señora gris, muda, que se asoma por la ventana. Los ve sin identificarlos. Clava sus ojos en el hombro, le da un nombre, se encoge de hombros, sabe que él no debería estar allí. De ella sabe poco.

No quiero saber nada más

Él pretende no oírla, pero ella repite sus palabras.

Me siento aquí encerrada (se toca sus propios brazos)              siento un hueco acá (se señala el pecho)               no sé qué quiero

                                             sé que esto no

Nunca has querido nada

Y tiene razón. Pero no va a desmarcar todas las señales con que se había trazado el camino, no va a desdibujar la trayectoria que, en arco, describe su vida desde la caída del sol hasta la nada de un charco en un pueblo perdido en la montaña, la luna sumergida en un sumidero de desperdicios, porquerías, mosquitos, ranas. Una serie de palabras oscuras y pegajosas, ella quiere evitar eso. Se levanta furiosa, se aleja corriendo, sus zapatos se hunden en la tierra revuelta por la lluvia, su piel se contagia de la podredumbre.

Toda se empapa del asco y del hambre. Fuera, estrellas. Fuera, nubarrones. Fuera, tablones quebrados, clavos herrumbrados. Caminando poco a poco de vuelta a su carro se adentra en el juego de espirales que conoce tan bien y piensa si no sería más bien todo lo contrario de lo que dijo al hombre. Huele su cuerpo a la distancia. Se moja de su sudor a cientos de metros. Cierra los ojos sobre su espalda a centenares de kilómetros.

Perros y flores

•octubre 25, 2011 • Dejar un comentario

Desplazás la noche con la punta de los dedos,

suspendés el calor con la cara reflejada en la ventana,

el vidrio sucio filtra la luz de una luna empapada.

Todo el esfuerzo cargado es ajeno,

todo arrebato un casquillo reventado,

el vidrio sucio deforma la mirada.

Una invasión de escarabajos.

Una caminata de perros y de flores.

Un hachazo en el hombro derecho.

Entre los dedos y debajo de la piel.

Todo por labios que se van a marchitar,

piernas que se van a quebrar,

ojos que se van a desmoronar y quedar

para repuesto de hormigueros.

Movés el pasillo, los marcos se hacen triángulos,

las luces cañones,

el piso se cubre de guirnaldas,

las esquinas se doblan en reverencias,

la voz en espirales.

Nada, puedo hacer profecías,

tonteras mías, locuras mías.

Que convertís café en agua sucia y cada minuto en plomo,

cada intención de fuerza en un comentario periférico

y todos los perros y todas las flores en un cosquilleo en las palmas de las manos, las piernas, los hombros, el cuello y por supuesto,

los ojos.

 

Joie de vivre

•octubre 12, 2011 • Dejar un comentario

La bonheur de vivre, Matisse

Tener que acabarse para verse completo,

verse desgajar como la mandarina,

en el suelo,

en el musgo,

abono del limonero,

uno tras otro, girando, girando.

Trazarse líneas rojas con los dedos,

ahí sobre los párpados,

cerrados,

cercados,

uno como el otro, callándose.

Y la granadilla explota en un rincón de la calle.

Acercate con cuidado.

Vas a ver que alrededor del árbol hay una corte, asientos privilegiados alrededor del trono, escondrijos, aparatejos, catalejos

para ver más cerca, siempre ver más:

vivir es coleccionar postalitas;

morirse es cerrar la bolsita y perderla en el río.

Que flote, que flote, que mañana no ando por acá.

Como la bolsita de té, verla exprimir esencias de las hojas apretaditas, verlas reventar, abrirse

Dejar salir, dejarse oler.

Tener que acabarse para verse completo,

verse desgajar como la naranja,

en las raíces,

en la orillita,

uno como el primero, girando, girando.

Te sentás en la raíz más gruesa del árbol, te tocás los pies con los dedos y trazás líneas verdes,

barras verdes, las uñas llenas de barro,

volvés la cabeza y tragás viento.

Música para aeropuertos

•septiembre 29, 2011 • Dejar un comentario

El tiempo muerto en la sala de abordaje de un aeropuerto, el que sea. Llueve afuera, una lluvia finísima, constante, una cortina gris que se expande y barre todo el mundo. Peina las cañas a lo lejos, carga las hojas de los robles y las mandarinas de agua sucia. Una señora alemana se abanica y pasea su mirada por todas las molduras de los muebles, el tapiz, las ventanas. Recuerdo la lámpara redonda de mi cuarto, con una nube de mosquitos alrededor.

Vemos la pantalla a ratos. Vemos luchadoras mexicanas tirándose unas a otras contra la lona, de cara, agitándose sillas como amenaza, apretadísimas en mallas fosforescentes, labios reventando de rojo y fuscia, moños recogidos sobre sus nucas morenas. Una muchacha examina sus piernas negras, preciosas, delicadas, lisas como el tronco de un árbol quemado (o muy joven, nuevo, verde). Ojos bellísimos bajo párpados recargados de delineador.

El zumbido de una aspiradora circula los oídos. Vemos al conserje acomodarse un rosario debajo de la camisa. Una pareja de ancianas españolas, grises, disimulando la vejez con trajes satinados y chales rosados. Atienden a un gato que dormita en una jaula oscura y pequeñita. ¿En qué pensará el gato mientras vuela? Que piensen o no, da igual. Un gato, contemplando una pared vacía y oscura. Tantas horas. Las señoras se dan la mano y esperan.

Las luces del avión que recién aterriza atraviesan la pared de lluvia como por milagro, opacas, difuminadas. Vemos a una chica comiendo maní por inercia, sacándolo de una bolsita plateada de cuatro dólares (maní del trópico, orgánico, saludable, integral, light, se come solo).

Cambian de canal. Vemos una competencia de motocross, barro por todas partes, cascos pesadísimos, banderines de colores con letras diminutas. Barro por todas partes, en el lente de la cámara.

¿Qué hay en diez horas sobre el Atlántico? Se suspende el cuerpo sobre un hilo delgadito, pequeñito hecho de nada. De nube. De celeste. De zumbido de motor. De reflejo plateado sobre los aleros y los motores.

Recuerdo la cara de un niño, en un aguacero. Cuidaba carros en el parqueo de un hotel de montaña. Era hermoso. De vez en cuando se escapaba para ver las truchas picar el anzuelo que tiraban los clientes en la poza. “¡Pesque su almuerzo!”. Nos vimos fijamente durante apenas medio minuto, menos que eso. Pero eso ha durado para siempre.

¿Habrá que suprimir el olor, tal vez? ¿Para aislar al individuo, preservarlo, conservarlo en un estado inanimado, de perfecta incapacidad para hacer cualquier otra cosa que no sea existir? Eso hacen las terminales de avión, los aviones mismos. Suspender la carne en aire acondicionado y preservarla, domesticarla para que espere.

¿Qué hay en diez horas sobre el Atlántico?

Ojalá que el gato pudiera ir viendo por la ventanita circular.

Zig zag 1

•julio 18, 2011 • Dejar un comentario

La mujer de enfrente desliza sus dedos por su nuca. Recorren la piel arrugada y salpicada de manchitas cafés. Al lado de ella, el niño apoya la barbilla en el asiento delantero y ve las gotas de lluvia acumularse en la ventana del bus. El ruido ensordecedor de la tormenta no logra apagar a Javier Solís en la radio.

Siento a mi vecino moverse, tratar de acomodar su corpulencia sin estorbarme, pero es imposible, es demasiado grande y me arrincona contra la ventana. Dejo caer el libro dentro del bolso, reviso que mi paraguas siga ahí y lo cierro. Pienso en el incienso barato de canela que compré para no rechazar a la señora que los vendía. En mis camisas recién lavadas que se están mojando porque no cerré la ventana del patio. En el cable de guindar la ropa que tengo que arreglar. En Viviana ocasionalmente. En papá que me obliga a ir a ver partidos a su casa, a hartarme de maní y mini pretzels, Pepsi y a escuchar Aerosmith en loop.

Me incomodan tanto las tennis empapadas que desearía quitármelas ya. No sabía que había bus de diez y veinte. Jamás imaginé que vendría tanta gente. Veamos: la mamá y el niño; el hombre de al lado que se subió cuando el bus todavía estaba lleno y no ha intentado moverse, ah, ya se baja; la hija del que atendía en el bazar antes y que quedó embarazada a los quince; dos tipos con piercings idénticos en lafa ceja derecha y sweater negra y grande; una barba con persona, no más. Viviana debe estar

no sé adónde

no sé si ella todavía tiene mi paraguas azul

lo compramos a mil quinientos

en Alajuela.

El día que yo me muera no habrá que usar la balanza pues pa velar a un cantor la lluvia no me deja oír. Aún no puedo creer que lo mataran así a Facundo Cabral. Nunca supe que a mamá le gustaba hasta que la vi llorando. Hasta que vi los helechos de noche cubiertos de gotitas que vibraban con notas muy apagadas, casi apagadas, casi muertas, de guitarra. Mi hermana se sentaba en esa silla de mimbre frente a los helechos a ver lluvia caer y a ver sol caer.

La espuma al lado del chofer está repleta y esa moneda de 25 ya se cae y va a rodar por el caño y por la calle y se va a herrumbrar a menos que alguien la recoja y la sume a la cuenta de sus pases.

Ay. Qué paciencia hay que tener. Qué hará la gente que no tiene paraguas. Qué hará la gente que no tiene zapatos calientes y secos para ponerse en la casa.


Lluvia blanca

•mayo 8, 2011 • Dejar un comentario

El tren se balanceaba con violencia. Los demás pasajeros parecían tomarlo con naturalidad, pero el movimiento había despertado a Laura de un ensueño. Su blusa se había enrollado sobre su espalda al sentarse y la piel rechazaba el frío contacto del asiento. Un joven de pelo alborotado y oscuro leía frente a ella. Una pareja de empleadas del banco comentaba sobre paseos a la playa. Un hombre revisaba una revista de viajes.

La línea de árboles de La Sabana se dibujó, definida al fin, detrás de las anchas filas de carros. La acera aparecía bordeada de personas con caras largas que esperaban sus buses. Atardecía y el cielo sobre el lago fluía del azul oscuro al rosado y el naranja. Laura apenas se percató a tiempo de que el tren se detenía. El lector se levantó y colocó su cartera de cuero a un lado del cuerpo. Tiró el libro de páginas amarillentas adentro y corrió hacia la puerta de salida. Laura lo tomó como la señal de su parada y lo siguió. Venía a ver a Gabriel. No le hacía falta, no quería reanudar sus relaciones, no tenía nada en particular que decirle. Pero quería verlo de nuevo.

Era jueves. A esa hora, era tal el barullo por los automóviles que ella ni siquiera adivinaba hacia dónde dirigirse. Siguió al joven por unas cuadras, hasta que él entró a una casa de dos pisos oculta por espesos matorrales.

Willem de Kooning, Mujer con Fondo Verde y Beige

Frente a ella se extendía el bosque oscuro del cañón que separa Sabana Sur de los Hatillos. Algunos pájaros grises lo sobrevolaban, se posaban en la copa de un árbol, se perdían. Laura esperó hasta que anocheciera para buscar a Gabriel.Hace tres años él la había dejado sin explicación alguna. A decir verdad, ninguno quiso a saber del otro. Una semana vivían práticamente juntos, a la siguiente simplemente ya no hablaban y dejaron de escribirse. Ya nadie le enviaba rollos con ramitas perfumadas al trabajo a Laura ni llegaban discos de John Coltrane envueltos en papel café.

Dudó antes de tocar el timbre. Escondía la cara detrás de su cabello, no sabía qué hacer con las manos, tosía nerviosa. Pero no hubo respuesta. Esperó cinco minutos antes de tocar de nuevo. Oyó a un perrito que ladraba desde el segundo piso. “Así que al fin se decidió a tener una mascota”, se dijo en voz baja. Acariciaba las hojas largas de las palmeras. Se asomó entre las verjas y vio una fuente en ruinas, de la que aún brotaba un chorrito de agua. Corría sobre una capa espesa de musgo y se extraviaba entre las grietas en la piedra. Era un jardín pequeño y encantador. Grandes flores rojas precedían la puerta principal.

Sintió una mano sobre su hombro y casi se arrepintió de haber venido. Antes de volverse ya sabía que era Gabriel. El único perfume de su piel. Unas cuantas gotas de sudor en su frente. La corbata desabrochada. “Laura, ¿cómo estás? ¿Qué hacés aquí?”. Dejó su maletín junto a sus pies como si se fuera a acercar para abrazarla pero no lo hizo. Se quedaron viéndose por unos segundos antes de que él la invitara a pasar. “Vayamos a cenar. Solo dame un momento que me voy a cambiar. Ya no soporto el calor. Entrá”, decía Gabriel como si supiera que no habría oposición alguna. Laura prefirió la banca del jardín. “Quiero ver las flores”. Laura ya había olvidado por qué había venido. Ya no quería decirle nada a Gabriel.

La brisa que vino con la noche aplacó al fin el calor pesado. Con las manos extendidas sobre el regazo, Laura miraba con atención las amapolas, los girasoles, las margaritas. Al fin él salió de la casa. Vestía ahora un cardigan gris sobre la camisa celeste, y se había peinado un poco. Haciendo una pequeña reverencia, la invitó a levantarse y salir. Caminaron un rato por la calle antes de hablar de nuevo. “Hace tres años que no te veo. No has cambiado en lo más mínimo. Me encanta como se te ve esa blusa”. Pinos y cipreses a los lados y un silencio casi absoluto. Solo pitos lejanos de carros y un vecino que paseaba un chow chow negro.

Llegaron a una calle principal y se detuvieron en un restaurante de sushi. Pidieron unas entradas y varios rollos junto con saké. El restaurante estaba vacío, oloroso a ratos a soya, a ratos a jengibre. Laura no, no había hecho nada. Seguía trabajando en la firma de abogados en Curridabat, vivía sola en un apartamento en Barrio Luján. Apenas la semana anterior había regresado de un viaje a Praga, se había quedado tres semanas en la casa de una excompañera del colegio. Gabriel, por su parte, seguía viviendo en la misma casa de siempre. Pero mamá y abuela habían muerto y ahora tenía esta otrora pequeña mansión para sí solo. Y un perrito, Humberto. ¿Por qué el nombre? No lo sabía.

En el momento en que la mesera trajo un platito de edamame, casi por accidente, Gabriel puso su mano sobre la de Laura. Ninguno se atrevió a mirar hacia la cara del otro.

Esa noche, Laura y Gabriel hicieron el amor. Fue Gabriel el que le quitó la blusa a Laura, y ella quien había besado su cuello. El cuarto de la abuela era ahora el de Gabriel, pero era como si lo hubieran quemado y reconstruido. Luego y sin saber cómo se encontraron haciendo el amor en el balcón que asomaba sobre el patio, en un sillón verde enorme. Laura se agarraba de la baranda del balcón y gemía sin reserva. Besaba su pecho y sus brazos. La barba de él rozaba sus senos cuando él recorría con los labios desde su cuello hasta su ombligo.

Laura permaneció en casa de Gabriel tres días enteros. El viernes ninguno de los dos fue a sus respectivas oficinas. Hicieron el amor en cada rincón de la casa. Ella se extendió desnuda sobre el pasto húmedo a las seis de la mañana del sábado y él la penetró no más acercarse, sin pronunciar palabra, sin mediar explicaciones. Él la desnudó sobre un sillón de la sala y mordió sus hombros. Ella lo invitó a pasar a la ducha y se acariciaron bajo el agua tibia por una hora larguísima.

El domingo por la tarde, después de almorzar una comida ligera, como habían sido todas hasta entonces, Gabriel tomó una siesta. Laura recorría, apenas vestida, todos los rincones de la casa. Se acercó a la cama y colocó una mano sobre la mejilla del hombre. “Tenés una mano tan fría”, dijo con los ojos cerrados. “Vení conmigo”, susurró ella, como si ignorara lo que él quisiera decirle. “¿Adónde?”. Ella se acostó a su lado y acarició su frente. Gabriel se durmió de nuevo.

A las tres despertó. Se asomó por la ventana. Llovía y los árboles se mecían con un estruendo inesperado.

Gabriel no volvió a saber de ella.

 
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