Los caballos salvajes

•Diciembre 17, 2009 • 1 comentario

Entonces empezamos a correr. Se rompió la vieja cerca de madera, podrida por todas las terribles tormentas que había tenido que soportar, deshecha, se rompió con el simple golpe de los cascos del caballo negro. Uno tras  otro, los caballos habían empezado a saltar sobre la cerca, luego sobre sus restos, marcando profundamente la tierra húmeda y aplastando los retoños de las rosas y el anís del suelo. No sabíamos qué hacer.

El rocío había cubierto los campos con una suave capa plateada. Quería rozarla con la mano, quebrar las pequeñas perlas de agua que se habían depositado sobre las hojitas y luego sentir la frescura en mi mano y en todo mi cuerpo. Queríamos tumbarnos en la hierba pero mamá nos hubiera regañado por ensuciarnos. Ali tomó mi mano y me llevó a caminar entre los pinos, al sur de la finca. Julio, Sergio y los otros estaban cargando cajas, subidos en los manzanos, llevando y trayendo palas en todas direcciones. Era temprano en la mañana, y hacía frío. Ali me dijo que fuéramos al establo, y a ver a doña Antonia ordeñar a las vacas; tal vez nos regalaría un vaso de leche.

Los tablones rojos del establo no brillaban como en los días de verano. Se veían opacos y sucios con el barro y la boñiga de incontables mañanas, desde que había empezado a llover y limpiar las paredes a cada rato había perdido el sentido.  Caminaba guiado por Ali, sorteando los agujeros que las pezuñas de los caballos del establo y las vacas habían hecho en el suelo el día anterior. Algunos huecos estaban llenos de agua. En ellos saltaban gusanos, o eran sobrevolados por mosquitos silenciosos. En todas partes, briznas de hierba quebradas y flores deshechas adornaban el suelo con un tapiz a la vez delicado y confuso, en el cual se hundían los pies si uno se quedaba mucho tiempo quieto. Ali y yo nos movíamos rápido, sorteábamos las piedras, los charcos, saltamos sobre un par de barreras.

Luego llegamos al establo. Oíamos gritos a lo lejos, tal vez Sergio, pero no le entendíamos muy bien. Y empezó a llover. Empezamos a correr. Una horda de caballos salvajes había irrumpido en la granja. No sabía que había aún caballos libres en los campos, no tenía idea, y nunca me habían hablado de ellos. Ni siquiera Tito, sentado en la mecedora, cuando limpiaba la escopeta, había hablado jamás de caballos salvajes. Pero Sergio no dejaba de gritar que tuviéramos cuidado con ellos.

Aire de diciembre

•Diciembre 13, 2009 • 1 comentario

Cada noche, él sube al techo de la casa, con cuidado de no hacer mucho ruido, de no pisar la lata equivocada para no despertar a mamá ni a las vecinas. A veces se encuentra con uno o dos gatos; éstos se pelean, se aman, corretean, duermen acurrucados en una esquina seca cerca de las canoas. El aire nocturno, poblado solo de pitos de taxis en la otra calle, de la luz enceguecedora del rótulo gigante del Hiper Más y del olor de la humedad en las azoteas. Las manos heladas abrazan su propio diminuto cuerpo.La brisa mueve el cabello oscuro en todas direcciones.

Los labios tiemblan para pronunciar palabras sueltas, o para combatir el frío. El chico se sienta en el borde del techo, con cuidado de no patear la escalera (o no tendría cómo bajarse), y toma un profundo respiro. No huele a candelas de vainilla, ni a madera vieja, ni a café, como dentro de la casa. Tampoco es que el aire de la ciudad sea puro, ni mucho menos, pero los aromas no se impregnan en la ropa inmediatamente como dentro de la casa minúscula. Aunque haga frío, él sube para respirar, y para pensar un rato.

Las ideas van y vienen como las bolitas en las máquinas tragamonedas de la pulpería. Chocan aquí y allá, iluminan tal o cual banderita, aumenta el puntaje del jackpot. No tiene otra forma de organizar sus pensamientos que no sea esa, es lo único que se le ocurre. Líneas formadas por colores disímiles y banderas de países que nunca visitará, que no sabría ubicar en el mapa. Pero le fascinan terriblemente. Todo Brasil se contiene en ese rectángulo verde, en el rombito amarillo, en el globo azul en el que no lee bien qué dice. Todo está allí adentro.

Tampoco sabe los nombres de las constelaciones, si acaso recuerda algunos, pero jamás podría asociarlos con las estrellas correspondientes. En todo caso, ve muy pocas. Lucecitas que parpadean detrás de algunos jirones de nube, de vez en cuando. La luna llena, lechosa e imponente. Los camiones estacionados en el lote de enfrente. Voces de gatos errantes a las dos de la mañana. La sensación de estarse perdiendo algo importante que sucede en ese momento.

En cierta ocasión oyó a su mamá pronunciar el nombre del padre hace mucho perdido, cuando le contaba algo a una vecina. Pero no lo recuerda bien. Pensar en su papá, cuya cara se borra como las letras pintadas en la pared de la pulpería y los afiches de Coca-Cola ya amarillos, lo hace pensar en árboles. En árboles cualquiera. No sabe por qué. Mangos. Eucalipto, en La Sabana. Pero la última vez que fue a La Sabana fue cuando tenía diez años y no recuerda bien. Los koalas se alimentan de eucalipto. Pero no recuerda tampoco cómo luce un koala.

Hace más frío del normal esta noche. Aire de diciembre. Las luces navideñas que cuelgan del borde del techo de la casa al otro lado de la calle. Los renos que mueven la cabeza en el jardín de los vecinos.

Todo lo que está al otro lado. Sus manos se sienten ajenas sobre sus hombros. Como si alguien más estuviera allí.

Cipreses verdes,

Un gato gris maúlla;

El poder creer.

Maracuyá

•Noviembre 17, 2009 • 2 comentarios

Claudia atiende con amabilidad en un café de Zapote. Es un local agradable, con manteles de cuadros, floreros, cuadros pintados por su hermano, y cheesecake de maracuyá sobre una mesita baja de bambú. Todos los días a las siete, camina desde su apartamento, a tres cuadras, y abre el lugar. A esa hora, una tierna luz, muy cálida, penetra las cortinillas blancas y rebota en las patas plateadas de las mesas y en los vidrios de todas partes. Ve su cara en un espejo de adentro mientras abre la puerta. Nunca encuentra la llave correcta de primera, y le gusta creer que es costumbre suya. La verdad es que es simplemente distraída. Pero nunca olvida una orden.

Ella es quien coloca ramos de flores de colores chillones en los floreros, en cada esquina. Es la que ordena los pastelillos y los postres en los mostradores, en las mesitas. Ella llena los tarritos de azúcar y rellena los servilleteros. Enciende velas aromáticas en el baño y barre en la terraza, diminuta pero muy fresca, el sitio preferido de muchos clientes regulares. Como Gabriel. Es un estudiante de arquitectura de la universidad cercana, y todos los días viene, a distintas horas, a tomarse un café después de clases o en sus recesos. Ciertos días, viene hasta dos o tres veces. pide invariablemente un café negro (o dos) y el cheesecake de maracuyá. Fuma uno o dos cigarrillos mentolados. Siempre está leyendo. Libros viejos de tapas gastadas, que huelen a polvo y a humedad, pero que devora con pasión. Cruza la pierna derecha sobre la izquiera, sostiene el libro con la mano derecha y el cigarrillo en la izquierda. Ella no necesita esperar a que le pida nada, sólo sirve en cuanto llega.

A mediodía, el café se llena. Su prima Verónica es chef y cocina platillos muy variados; le gusta cambiar todas las semanas, aunque tiene sus clásicos, como el pescado en salsa de piña o el pollo a la naranja. Tiene una cara limpia, una belleza cristalina, como si toda ella estuviera limpia, y se mantiene siempre en silencio. Llega, saluda, cocina, y se va. No es igual con Julio y Marcela, el repartidor y la pastelera. Ellos hablan todo el tiempo, sin cesar, siempre sonríen y están alegres. Pero ellos son mayores.

Don Pedro almuerza todos los días en una mesa junto a la puerta de la terraza. Lee El Financiero y detesta el olor a cigarro, por lo cual si coincide por casualidad con un fumador se pasa para adentro del café. Pero se mueve junto a los floreros más grandes, para oler el polen, admirar de cerca a las abejas, y buscar telarañas entre los tallos. Tararea boleros y habla solo. A veces, cosa extraña, se sienta una señora con él. No hablan. Ella siempre usa sombrero. No hablan, no se ven a la cara. Solo beben café lado a lado. Verónica una vez comentó que esa era su esposa, pero a Claudia le da vergüenza preguntar.

Claudia lee poesía. Le gustaría compartirla con Gabriel, pero siente que sería una entrometida si lo comenta. Hoy lee algo de Rilke. Toma té de jazmín. Tiene un vestido corto violeta, y una flor en la cabeza; la arrancó del jardín de doña Luciana de camino. Pero no se la robó, sino que la señora le dio permiso. Supo que resplandecería sobre una cara tan fina y delicada. Que resaltaría los labios tan pálidos que pocas veces se abren.

Las pulseras de Claudia tintinean sobre la taza de café nueva que ha pedido Gabriel. Él la mira directo a los ojos, y ella le dice

Oh, Señor, da a cada uno su propia muerte, el morir que surja

verdaderamente de esta vida, donde encontró amor, sentido

y desamparo

O tal vez se queda callada y sonríe para sí. Y él la mira sin hablar tampoco. Y sigue leyendo su libro de páginas cafés y tapa de cuero deshecho. Por allá, una elegante dama de negro le pide una ensalada. Y ella se mueve lentamente, con cuidado de no distraer más al chico y no robarle los que deben ser sus único minutos relajantes en todo el día. Ve las maquetas que tiene al lado y se pregunta en qué momento las hará. Quizás de noche. ¿Adónde vivirá? Debe vivir solo. Tenía una novia, pero a ella no le gustaba que fumara. Sí, eso debe ser.

Otro cheesecake de maracuyá. Es lo único que cocina Claudia, pero él jamás notaría la diferencia entre la comida de ella y la de Verónica, porque nunca ha probado otro plato. Lo que tampoco sabe es que nadie más lo pide. Solo algún otro estudiante de la U que a veces pasa por acá y lo acompaña con té verde. A Claudia también le gusta pintar. Ayer pintó una acuarela diminuta y la llamó “Helecho”. Nadie la vio, excepto el chico que reparte el periódico en el barrio, y la felicitó por su obra. Al chico le fascina el arte, pero es probable que se haga mensajero.

A Claudia le gustaría, a veces, hablar con alguien de quien no sepa absolutamente nada. Y aprender. Y callar después. A ella le gusta sentir el césped bajo sus pies, afuera. Evita pisar las florecillas blancas.

(Gracias por leerme. Foto de autoría propia. Leer Filosofía Pop también :) )

Kodachrome

•Noviembre 8, 2009 • 2 comentarios

Encontré una fotografía amarillenta, con los bordes rotos, muy vieja. No sé quién pudo haberla tomado, ni quién decidió conservarla. No conserva el color original. Es un retrato. Una sonrisa espontánea en una cara desconocida. No tengo idea cómo llegó a la gaveta del tocador. No creo que nadie conozca a esta mujer.

Descarto lo obvio primero. No es una amante, porque éste no era el mueble del señor. No se trata de una prima perdida, porque sus facciones no corresponden a nadie de la familia, y no hay posibilidad, por ninguna parte, de que sea una hija de la familia que nadie recuerda. Sus ojos brillan bajo pestañas pesadas. Me huele a limón y a café muy fuerte.

Dentro de muchos años, alguien hallará, en un mueble entonces antiguo, una foto de mi cara tomada cuando no sabía que lo hacían. Tal vez aquella que me tomó el novio de mi amiga en una montaña cubierta de niebla. O una de la serie tomada junto al mar en Limón. O una a la luz de la tarde en mi sala, con mi gato al lado. Y a alguien oleré a maracuyá, a té o a menta.

No voy a ser familia de nadie ni voy a ser el ex-esposo de ninguna prima lejana. Mis ojos no contendrán ningún recuerdo, del todo. Si acaso, una tenue calidez, una chispa que inicie un cuento sostenido como una gota de rocío sobre una hojita tierna en un rosal. Porque ahora, me imagino que ella, cuando fue fotografiada, estaba en un punto crucial de su vida. Me imagino que él la amaba, ¿cómo no amar ese rostro tan sereno? Pero ella guardaba hojas secas y húmedas por dentro, piedras diminutas y mechones de cabello.

Me hace pensar en un jardín quemado por el sol donde brilla una flor amarilla espectacular. Ella tal vez fue eso.

4243_101833708202_741188202_2715089_1704148_nFotografías de uno van quedando en el mundo y es imposible recogerlas todas, porque no todas han manchado el papel, ni siquiera han llenado una computadora. Nuestras caras han sido detenidas por ojos de hambre y de sed, han sido congeladas en una fracción de segundo y para siempre. Fotografías banales: tengo una caja llena de ellas. Está acá adentro. Caras como esta. En un mueble viejo, o en un alma herida, alguien va a encontrar una foto mía. Tal vez tomada en un bus camino al trabajo, o en un parque rodeado de niños. Claro, ¿cómo decir “recuerdo a Fernando”, “recuerdo a un muchacho que…”? Ni yo podría decirlo sobre esas caras que guardo. No conozco a nadie. Pero, en frases como “Cuando yo era joven, me sentía muy solo…”; “Yo iba al trabajo en el tren”; “Yo siempre le fui infiel, en la mente”, ahí estarán enredadas todas las caras y todas las sonrisas, y todos los aromas también. Un pequeño jardín.

Uno ve un rostro y nunca lo olvida. Debe aferrarse a ello, porque el resto lo lava la lluvia, lo lavan las lágrimas. De mi infancia no recuerdo nada de lo que sentí. Solo guardo lo que vi. Un rostro en una parada de bus. Una pierna desnuda junto a una piscina. Un gato saliendo de un espeso matorral. Una telaraña colgando sobre la cama. Así funciona la memoria.

(Foto de autoría propia. Gracias por leer.)

Canción de amor para días no vividos (todavía)

•Noviembre 2, 2009 • 1 comentario

Como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida, Antonio camina entre las ramas con la seguridad de quien enfrenta la muerte. Como si atrás se concentraran sueños de insomnio, planes fabricados en la ducha, muchas horas de contemplar las cajas de Hi-C arrastradas por la lluvia en los caños, a través de la ventana del lado izquierdo del bus (jamás el derecho). Los arbustos pequeñitos, las piedras húmedas, hay que tener cuidado de no resbalarse porque llovió en la tarde. Y hay que tener cuidado de no hacer mucho ruido para que el otro no se percate antes de tiempo de que hay alguien cerca.

5700_118913963202_741188202_3026201_679582_nPipo lame la mano extendida del dueño. Su cuello blanco, pálido en la luz de la luna y de los farolitos, la luz amarilla que atrae a las polillas y que ilumina el largo camino alrededor y a través del parque. Cómo no exrañarlo, se dice Antonio con la suavidad y serenidad de una oración aprendida bajo las cobijas, repatida por mamá, un mantra milagroso y extemporáneo. Cómo no amarlo. Ni siquiera hace falta haberlo besado para sentir en los labios un temblorcillo por el frío de la piel. Y debe oler a sandía, a vainilla (pero la real). Y sus labios deben saber a canela como cuando se bebe un capuccino con elegancia. Y sus ojos deben mirarlo a uno de frente, y se debe sentir como tumbarse en la hierba en una cuesta al lado de la carretera, en una montaña en Coronado.

Hablarle debe ser como tirar piedras a un precipicio, detrás del cole, en La Sabana. Antonio cruza con cuidado el puente, no vayan a crujir los viejos tablones bajo sus pies. Camina saltando entre las piedras como quien está seguro de todo en el mundo, como si no hiciera falta una sola respuesta. Pipo mueve la cola y no lo ha olido, es una buena señal. Y su dueño va ensimismado, tal vez con los audífonos puestos (no se ve bien porque está pasando por la parte oscura, bajo los árboles más altos, donde no hay luz cerca). ¿Cuánto tiempo se puede aguantar la respiración bajo el agua? La limpieza alrededor de los basureros es rara. Él camina despreocupado; él arrastra los pies; él no mueve las manos, es Pipo el que lo lleva a él y no al revés.

La luna entre las nubes y las ramas es una imaginación, un señuelo. Las estrellas son migas de pan. Abrirse hacia la infinidad del cielo… dejar de respirar… Se acerca al próximo farolito. Bajo él, una banca de madera bajo cuyos tablones, ¿cuántos chicles y cuántas colillas de cigarro? Y mosquitos, de seguro, y polillas extraviadas, confundidas, como peces en un estanque cuando uno arroja una piedra enorme y el agua, esa tela tan delicada, se revienta en largas ondas sin pausa hasta la orilla. Él mira a los lados como si descubriera árboles desconocidos, misteriosos, guiado por un perro extrañamente silencioso.

Lo llevaría de paseo, en un auto conducido por un rostro sin ojos, sin nombre, a través de la Tierra, en carreteras rectas, planas, inacabables. En una tarde lluviosa, junto a grandes plantaciones de piña, de caña, breves bosques de aguacates y mangos, arrozales y luego, por un momento, un jardín de orquídeas, casas de lata, de tablones, una parada de bus abandonada, el sol derritiéndose en el cielo distante, más allá del fin de las planicies y tras las altas cañas. El aire que sabe a mango y a caña, a ratos. Lo llevaría en los regazos. Ambos irían en silencio. Y se verían solo para sonreírse y seguir durmiendo.

Andrés.

Solo toma un momento en que se de cuenta de dónde proviene la voz. Y sonríe, por Dios, sonríe. Y no solo eso:

¡Antonio! ¿Qué hacés por acá?

Y Pipo lame la mano del dueño y mueve la cola, frenético. Y la madera cruje cuando se sientan, y cuando Pipo salta a los regazos de su dueño, porque es demasiado pesado. Y Antonio hunde sus manos en el lomo del animal que lame su cara. Y ríe, por Dios, él ríe. Y lo mira directo a los ojos, como para la buena suerte. “A veces, me despierto en la madrugada y me olés a caña y al sol quemando la caña allá lejos”. Antonio nada más paseaba por el parque porque estaba aburrido en la casa. Si le preguntás si sabía que Andrés iba a estar ahí, paseando a Pipo, te va a decir que no. Pero no le preguntés. “Pero el olor es como el estallido de un fósforo en la caja. Se va así de rápido. Solo quedás vos. Y el frío que entra por la ventana”. El verde le sienta bien a Andrés, con ese pelo negro que debe oler a té y esa piel tan fresca.

No, en realidad no, nada. De por sí es domingo.

Sentir la vida correr desde los pies hasta la garganta y reventarse como alas de mariposa sobre dientes de león en un pastizal eterno rodeado por un bosque. Andrés y su nariz. Andrés y sus muñecas. Andrés y sus brazos desnudos en esta noche tan fría. Andrés y sus pestañas. Andrés y sus ojos. Andrés y sus labios. Andrés y su silencio tan alegre.

¿Un helado, mañana? Por supuesto. Sí, podemos ir por uno, y luego dar una vuelta por ahí, ¿te parece?

Una mano en el hombro para despedirse es como hundir una estaca en la tierra mojada. Antonio se sacude y sonríe.

A él. Tanto si lo lee como si lo ignora.

Little Red Corvette

•Octubre 7, 2009 • 1 comentario

El olor del tequila penetra la ropa y se adhiere a la ropa. Sábado en la noche; polvo seguro. Cierro los ojos, dejo que la música me meza de lado a lado, que me haga rebotar en los cuerpos sudorosos de los que bailan y las paredes manchadas con licor derramado. Y así, poco a poco, llego hasta el baño. Me miro en el espejo y me siento orgulloso, porque mi cabello se ha mantenido en su lugar toda la noche, a pesar de todo. Ya ves, de  vez en cuando se puede portar bien. Hice bien en comprar esta camisa, además. Me veo bien.

Salgo a fumar tranquilo un momento, porque me siento un poco mareado. Todas las luces, el calor, la música a un volumen inmanejable, todo eso me aturde un poco y salgo tras avisarle a Fer. De hecho, le dije que fumara conmigo, pero se negó. Bueno, encendió su propio cigarro, pero allá adentro. En fin. La calle está atestada de vehículos, a ambos lados. Todos deportivos, de lujo, plateados, azules, negros, rojos. Conozco a un tipo que todas las noches, después de bailar y tomar, se apoya sobre el que considere el mejor auto para esperar al conductor, y se va con él a la casa. Muy mal visto. Pero uno solo saluda y sigue caminando. Ya lo vi. Está sobre un BMW plateado, por supuesto, fumando marihuana. Me pregunto si solo podrá cogerse a desconocidos con marihuana y licor adentro.

Desde acá afuera, la música se convierte en un cántico tribal, lejano, percusión sobre tambores de cuero de animal desnutrido en una selva en medio de las montañas, qué sé yo. Cañonazos. Martilleo. Un tipo se estaciona mal en la acera de enfrente, y el cuidacarros le grita. Pero él solo se baja y le tira un billete de 1000. Así de fácil. Y él, Dios mío. Es sábado en la noche, eso lo justifica. Se acerca. Va a entrar, y parece pedirme que entre después de él. Tiro el cigarro, que aún va por la mitad, al caño y camino justo detrás. Mientras está en la corta fila, yo entro de una vez y le sonrío desde adentro. Lo espero junto a la puerta.

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Nadie va a entender nunca que si me quito de encima justo cuando me he venido es porque siento un asco terrible. Porque me siento mal. Porque lo extraño en puta y nunca más he podido coger tranquilo, porque después de hacer el amor con él de la forma en que lo hacía, única, invaluable, imposible de relatar, no puede haber nada más que polvos. Como tiros al aire. Como bungee jumping sin cuerda. Un suicidio progresivo y desgarrador que va arrancando los pedazos de carne de la espalda, las piernas, los brazos, hasta quedar desnudado hasta los huesos y ser revelado en esa intimidad al mundo, y al tipo de al lado que mañana no va a recordar esto, que mintió cuando dijo que anotó mi número.

Se montará en su pequeño Corvette rojo y se acabó. Y yo seguiré dándole ideas de grandeza a chiquitos, o a inmaduros, gente que se ilusiona demasiado rápido porque retienen algo de sinceridad, de honestidad, de amor propio, esas cosas que después de los 25 poco a poco se van haciendo bastante innecesarias. Salgo a fumar a la terraza. Este hombre tiene plata, en serio. Me gustaría ser más simple y sentir que esto me basta. Pero siento asco y me quiero limpiar el cuerpo entero para que cuando él decida, algún día, llamar y preguntar que cómo he seguido, no perciba en mi piel otro aroma que no sea el que él dejó marcado sobre ella. Y un pequeño secreto. No he borrado un solo mensaje. Ni he botado la foto que llevo en la billetera. Ni he dejado de esperar que me diga “buenas noches”, todas las noches, y no he podido volver a dormir en paz, y no podré hacerlo sobre esta tierra hasta que me quede sin cobertura para mis órganos sangrantes después del nada largo proceso ya descrito y entonces yo diga “Suficiente” y todo acabe.

Entonces, cosa extraña. Se levanta de la cama, se acerca por detrás y me abraza con una inmensa ternura, es casi como si me quisiera. Me besa el cuello y me dice: “No te conozco. Apenas sé tu nombre. Pero sé dos cosas. Que esto es demasiado rápido para vos aunque se te haya hecho costumbre, y que lo que necesitás es un amor que dure”. Justo como una canción de Prince, sí. Todo es una canción de Prince. Y si a esas nos vamos, entonces Nothing Compares 2 U. Y sí, podría ser The Most Beautiful (Boy) In the World, la razón por la que Dios hizo a los chicos, cantala conmigo. Y luego, bajo la lluvia púrpura, nunca quiero ser tu amante de fin de semana., bla bla bla. Y él, ¿qué puede contestar? Y yo tampoco sabría. ¿Cómo quitarme el asco? ¿Cómo evitar ponerme nervioso cada vez que el celular vibra imaginándome que es él?

Uno no se va a hacer más sereno, más sabio, nada de esa mierda, conforme crezca. Es mentira. Vas a seguir siendo el mismo chiquito. El mismo que ponía Su nombre <3 en los cuadernos como toda una quinceañera y tapaba el cuaderno para que nadie lo viera. Lo tachaba de inmediato. El placer estaba en haberlo escrito, en que hubiera estado sobre el mundo marcado. Así es, vas a seguir siendo un chiquito. Es así de fácil.

Y cantalo que solo así te van a entender. Solo así me van a entender. Salgamos de Prince. Blue Magic: I just don’t want to be lonely. I wanna be loved, needed. Eso calma el hambre.

La vida, al fin y al cabo, es karaoke.

Holiday

•Septiembre 28, 2009 • 2 comentarios

If we took a holiday, took some time to celebrate, just one day out of life, it would be, it would be so nice.

De pronto, la lluvia. La humedad me sofoca y me trae recuerdos. El portón enorme está oxidado, nunca ha sido arreglado, y me cuesta mucho empujarlo lo suficiente como para poder pasar, gordo como estoy. Han pasado muchos años: yo solía saltarme el alambre de púas, escurrirme por debajo. No me importaba que mamá me regañara por llegar con las rodillas embarrialadas (y una herida en el brazo, causada por el alambre). De pronto, el barro. Se ensucian mis mocasines y los ruedos de mi pantalón. Luego los lavaré, cuando vuelva al hotel. Un sol paliducho me quema la nuca con fuerza, ayudado por dos mosquitos que no soporto más. Si los atrapo, los mato.

La casa sigue igual aunque el camino se siente más corto. No he vuelto en muchos años, pero las paredes siguen del mismo color como si el techo de lata oxidada las hubiera protegido del tiempo y las tormentas tropicales que inundaban este diminuto valle cuando yo era joven. Desde la puerta se ven las montañas que alguna vez escalé en secreto. Recuerdo que cierto día fui con mi papá a pescar cerca de la naciente de un río. O tal vez fue algo que siempre quise hacer y lo imaginé. Pero recuerdo las tenazas de la langosta reventando el hilo de pescar y la desnuda espalda de nuestro guía, un hombre de la localidad. Huelo el sudor y la sangre que se entremezclan a media espalda y que corren lentamente por su cuerpo moreno. Pero bien puede ser que nada de esto pasó y que solo fueron cosas que quise hacer y nunca logré.

En el pasillo de enfrente, como siempre, tres perros hambrientos que no tienen fuerzas ni para ladrarme a mí, un absoluto extraño cuyos pies habían olvidado como se sentía el zacate mojado en este pueblo tan silencioso, cómo olía el río durante la lluvia, cómo caminar cuando la ropa está pegada al cuerpo por el sudor excesivo. En el otro lado, docenas de gallinas dormitan, esperando que cese la lluvia para salir de nuevo a arrancarle gusanos a la tierra. Cuando llueve en esta tierra, no es posible que el mundo siga girando, no es creíble que haya otros países, que haya algo más allá de la calle que da vuelta junto al teléfono público donde mataron a la chiquita y que usaba para llamar a mi amor sin que mamá me oyera, hace muchos años. No hay nada más.

De pronto, la puerta. La casa diminuta que ha esperado en silencio. Me traen muchos recuerdos estas paredes mal pintadas y estas incómodas sillas de plástico. Y la puerta del baño que había que cerrar con un ganchito de metal. Ahora tiene puesto el candado. El olor de los colchones guardados me da asco, pero se siente como casa. “Hay que revisar debajo de las camas por si hay alacranes”, decía mamá siempre, pero nunca vi uno solo. Y si lo hubiera visto, no habría dormido allí porque nada me da más asco que los alacranes. Pero yo dormía hasta mediodía entre las sábanas livianas, revolcándome en el colchón, dándole vuelta a las almohadas a cada rato para sentir el lado frío.

Una vez, acá acostado, conocí la máxima felicidad que puede conocer un hombre, un niño que era entonces. Abrir los ojos en la mañana y que…

You can turn this world around and bring back all of those happy days.

Solo oía el disco de Madonna completo cuando veníamos de vacaciones a esta casa abandonada en las montañas, cerca de Jacó, pero totalmente aparte del mundo.Ahroa cada vez que escucho “Holiday”, me siento joven, me siento nuevo, siento que tal vez pueda extender mi mano y tocar mi infancia como tocaba las gallinas cuando les tiraba arroz sobrante del almuerzo y estaba muy aburrido. Porque, Dios mío, sí me aburría acá. Pero daría todo, todo, todo lo que tengo, por volver a aburrirme de esa forma. Veía las estrellas. Me mecía en la hamaca solo, leyendo.

(Y él. Él, que dividió la historia de esta casa en dos, de modo que yo jamás podría dormir de nuevo en estos colchones sucios y llenos de telarañas y moho. Ya no recuerda.)

Luego sigue Lucky Star y el disco se hace interminable. Entonces es hora de cenar o algo así. Carne asada, afuera. Para ver las estrellas. Para matar mosquitos que se adhieren a las piernas. Para ser sincero como en ninguna otra parte.

De pronto, ¿cuántos años? O tal vez no ha pasado tanto tiempo, pero todo ha cambiado y un abismo se ha abierto (una vez más. Como antes del silencio eterno del padre. Como después del sueño más placentero que haya tenido en mi vida entera y el mejor despertar también) entre la casa de entonces y la de ahora. A esperar a que termine otro ciclo. Quizás con una muerte. Quizás con un sutil abandono. Las gallinas se instalarán definitivamente en el pasillo y los perros hambrientos no serán acariciados nunca más.

Y nunca Holiday va a volver a significar lo mismo.

11:30, Paseo Colón

•Agosto 30, 2009 • Dejar un comentario

Los labios comprimidos y los ojos cerrados para que él no los vea. Él le pide que los abra y ella mira hacia arriba, para no derramar una sola lágrima. Zapatos negros de tacón alto. Un vestido corto, floreado, celeste. Las manos diminutas  aferradas a la cartera.

La noche recubre todo con un silencio impenetrable. Una luna sucia se ve de vez en cuando entre las nubes tan oscuras como el cielo. Se desata un fuerte olor a pescado podrido: un empleado del restaurante chino acaba de dejar una bolsa de basura en el callejón. Las ratas corren pegadas a la pared; él las ve de reojo y siente asco.

Ambos se toman de la mano y empiezan a caminar, pero ella, que siente que no merece su contacto, se aparta y camina adelante. Se ha convencido de que no se merece la felicidad que él le ofrece. Él le repite una y otra vez que su amor es puro, sencillo, que no pide nada. Se pierden en la ciudad, bajo los rótulos luminosos de tiendas cerradas y entre las columnas enormes de bancos y centros comerciales. Los buses medio llenos pasan con silencio frente a ellos; alguna que otra cara melancólica a través de la ventana los saluda con los ojos bajos y la boca compungida en un gesto de compasión.

Pronto llegan a una parte de la ciudad abandonada a esta hora. Todas las oficinas están cerradas, el parque está a oscuras, y las paradas de buses están vacías. Un sábado, a las once y media. Las luces mortecinas de la calle se reflejan en los pequeños charcos que quedaron tras el aguacero de la tarde. Sus tacones se hunden en un hueco en la acera, y él la toma del brazo para sostenerla. Siente su piel helada y sus dedos rozan la fina tela del vestido. Busca su cara para sonreírle, pero ella torna la mirada hacia la izquierda para no tener que verlo. Esconde sus ojos en el hombro, humedecido por las lágrimas o las gotas que caen de los árboles empapados.

Se detienen en las gradas de un banco cerrado. La luz de la casetilla del guarda está encendida, pero no se ven señales del hombre. Él cree escuchar el radio prendido, pero podría ser el zumbido de un motor lejano, o acaso de un mosquito. La invita a sentarse para descansar. Se queda de pie, con el brazo apoyado en la barandilla de las gradas, frente a ella. Quiere acariciar su frente. Ella esquiva su mano sin saberlo y cierra los ojos de nuevo, acaso para dejar, en ese preciso instante, de sentir, de estar ahí, de vivir. Todo debería detenerse entonces.

Él puede hablar cuanto tiempo quiera, que ella ya ha tomado su decisión: que va a seguir amándolo, deseándolo, sin importar qué suceda adelante, sin importar cuán humillada se sienta, sin tomar en cuenta que a él otra lo espere en un bar en el Paseo Colón. Nadie podría amarlo como ella. Nadie podría haberse sumergido en él como ella. Pero él parece indiferente a lo que esta mujer solitaria le ofrece, como si fuera ciego, acaso incapaz de comprender lo sola que se siente, aunque esté a su lado, aunque le prometa que no habrá separación alguna, que tantos años de conocerse no pueden acabar en nada.

Un solo automóvil pasa por la calle, tras un prolongado silencio. Ella siente manos que recorren su espalda y su aliento cálido en la nuca, pero entonces abre los ojos y lo ve encendiendo un cigarro, nada más. El penetrante olor del tabaco se impregna en su ropa. Tal vez la otra le pregunte que adónde estuvo y él responda con alguna banal excusa, y será mejor así, menos humillante para ella. Sin embargo, a la vez sufrirá por ser borrada definitivamente de toda historia y toda memoria, al ser reducida a un bus retrasado o una presa en Heredia. Ella se convertirá en un fantasma, una fuerza difusa que lo atraviesa sin removerlo por dentro, como una brisa suave que apenas sacude un par de hojas en un árbol. O que mueve un papel arrugado por el caño. O que se cuela helada por debajo de la ropa.

Él le toma la mano y cree que con ello la hace sentir mejor, al recordarle que él no se ha ido, y le promete de nuevo que nunca lo hará, aunque todo cambie. La piedra se siente rugosa en las piernas, la baranda fría en la mano. Ella no ha dejado de llorar, lo cual sin duda lo aturde un poco. Si pudiera refrenar su llanto, lo haría sin duda, para evitar la humillación y para no alejarlo más. Pero hay heridas de las que mana la sangre hasta que ésta se seca.

Él puede decir que nunca se apartará, que sufriría si ella así lo hiciera, que todo puede seguir adelante y que el tiempo se encargará de colocar cada cosa en su lugar respectivo. Pero él nunca va a entender que ella ni un solo momento ha dejado de sentir su pecho cálido bajo su mejilla, sus brazos fuertes aferrándose a ella como si fuera una madre, una Virgen, sus labios delicados posándose sobre su espalda desnuda.

Pero alguien más espera, ella recuerda. Y le pide que se marche. Le asegura que todo está en orden. Juzgando por el silencio de la calle solitaria, cualquiera diría que así es. Y él, impaciente por abandonarse en la otra mujer, se contenta con ésta débil promesa, se convence de que ella está, en efecto, tranquila, y se despide con un beso en la mejilla. Ella le promete que tomará un taxi de inmediato, primero fumará un cigarrillo.

Él corre hacia el bar, que debe estar a unas tres cuadras. Ella saca el celular de su cartera para que parezca que llama un taxi, por si él mira atrás. Pero no lo hace, por primera vez en mucho tiempo, no lo hace. Porque ya no es ella quien espera y a quien recibe. Y él jamás comprendería lo sola que se siente, en esas gradas, en ese banco cerrado, poblado únicamente por un guarda dormido en una silla giratoria. Ella llora hasta que no puede abrir los ojos agotados. El dolor.

La fuga

•Agosto 20, 2009 • 1 comentario

Caminamos por un larguísimo puente que no nos lleva a ningún lugar especial. Debajo, el río que no deja de correr, nunca lo hará, hasta que el sol haga reventar la tierra por el calor y la sequía mate todas las vacas que pastan en ambas orillas. Nuestras manos se deslizan por las cuerdas viejas que sostienen las tablas; la piel suave de las palmas se rompe con el roce.

Las colinas se tornan azules en esta luz. Las casas que se ven a lo lejos parecen vacías. Los campos de colores se extienden en todas direcciones; pequeñas manchas coloridas serpentean entre las montañas. El pequeño valle ha sido separado del mundo.

Supongo que tuvimos algún sueño antes. Huimos de lugares solitarios para tenernos solo a nosotros dos. Creo que nuestras manos deberían encontrarse al final de las cuerdas, encontrarse y detenerse un instante, una sobre la otra.

Cuando regresemos a San José, todo habrá terminado. Por ahora el olor de la hierba húmeda, la sensación de tu espalda caliente, el sabor de estas naranjas, son suficiente. Nos atan a un lugar en fuga. Un sitio que se diluye junto con las hojas secas que caen en la corriente.

Vas a decirme ahora que tenés ganas de besarme. Voy a decirte ahora que lo hagás.

Supongo que estuvimos acá antes, para nunca más volver. Cuando aún no habíamos pasado por nada de lo que pasamos, cuando todavía podía confiar en tu desconfianza, depender del azar que nos uniera en algún momento, aislado en medio del bullicio, de la suciedad. Sí, yo estuve acá mismo, esperándote. Y tenía la sensación de que vos estabas esperándome en otra parte.

La brisa mueve tu pelo. Si tenés ojos, los tenés para ver este valle. Si naciste fue para estar acá, muerto de frío, en silencio. Y para que yo te viera. Lo único que me ha dado la vida es la oportunidad de verte, y no hay cómo agradecer tanto.

Cuando regresemos, ya no me vas a esperar como antes. Ya no vas a buscarme. Ya no vas a quererme. Y me siento bien con eso, porque al menos tengo este momento, en medio de un valle al que no podemos ponerle nombre, o correremos el riesgo de perderlo para siempre, de tener que borrarlo del mapa.

No quiero oír más. No quiero saber más. No quiero sentir más.

La fuga. El placer de huir.

¿Puedo cantar?

Listen, do you want to know a secret? Do you promise not to tell?

Quiero que me mirés de frente porque va a ser la última vez que lo hagás con tanto cariño; abrazame con fuerza porque va a ser la última vez que lo sintás natural, correcto, tu deber, tu placer, que sintás que en mí tenés adonde acudir. Luego me voy a fugar. Voy a huir.

Me hubiera gustado saberlo entonces. En el valle. En los ríos. Sobre la hierba, acostado junto a vos, robándote tiempo. Pidiéndote, como siempre, demasiado.

En unos veinte años, voy a pensar en vos bajándome de un bus. Nunca voy a entender nada. No me voy a hacer más feliz conforme crezca, no voy a querer nada del mundo.

Voy a estar ahí, con vos, en fuga. En lugares en fuga.

Crisantemo

•Agosto 7, 2009 • 2 comentarios

Así como una delicada explosión en el interior de una flor produce millares de semillas que serán esparcidas lentamente por el mundo, el silencio se expande y crece dentro de sí mismo: lo abarca todo, lo consume todo, se convierte en el todo.

Una hoja seca cae de la rama de un mangle encorvado, cae en la corriente y provoca ondas minúsculas que no hacen el menor ruido. Sin embargo, bajo la superficie, un pez acaba de cambiar su rumbo, sorprendido por el movimiento desconocido que altera los rayos de luz que atraviesan sus aletas. Baja hasta rozar las piedras del fondo y la hoja flota hasta el mar.

En este momento, millones de briznas de hierba acaban de quebrarse, aplastadas por las pezuñas de millares de vacas, y nadie podría dar cuenta de ello, nadie podría observar cada una de esas pequeñas muertes ni explicarlas. No hay ojos que puedan ver el mundo como es, abarcar su inmensidad milagrosa.

Un pichón acaba de quebrar la cáscara de su huevo con un pico débil y nadie oyó el ruido que hizo, ni siquiera su madre, al lado.

Hay serpientes que matan a sus víctimas sin que éstas nunca puedan verlas. Antes de enfocarse los ojos en el animal, la sangre ha dejado de circular por ellos y el cuerpo entero se congela en callada rigidez. La única advertencia fue el sonido del reptil deslizándose bajo las hojas secas en el suelo de una selva tropical, donde los ruidos son tantos y tan variados que no sería posible identificar ése jamás.

La Tierra debe provocar un ruido estremecedor cuando se mueve. Pero no, porque en el espacio exterior no viaja el sonido. ¿Podría uno oír la Tierra desde adentro?

Los colibríes baten sus alas a grandes velocidades, de modo que uno solo ve borrones de color en movimiento.

Es posible que los ojos ni siquiera estén hechos para verlo todo.

En el interior de un crisantemo circulan millones de células que nadie va a ver nunca. Están en su orden perfecto. ¿Estarán en silencio? No sé si es posible escuchar el interior de una flor. No sé si hay algo que escuchar. Nuestros oídos tampoco están hechos para verlo todo. Ni la nariz para oler los líquidos en el centro del tallo, ni el gusto para saborear el interior de la cáscara del huevo del que sale el pajarito asustado.

Ahora, el tacto. Podría sentir el pez escurriéndose bajo el agua. Alcanzar el centro de la flor sin saberlo. Tocar el centro de la Tierra un instante antes de que el cuerpo se desintegre por el calor. Sentir el golpeteo incesante de las alas del colibrí. Tocar la hierba cuando ésta ha sido pisada y sentir su muerte.

O tal vez alcanzar esas profundidades sea imposible, tal vez ni siquiera estamos hechos para nada de esto. Tal vez somos un crisantemo silencioso en el jardín de un Dios que no habla.