Alicia y las flores

•Febrero 4, 2010 • Dejar un comentario

El mantel se derrama bajo el florero alto, cae hasta el piso con la suavidad del rocío. Las flores entretejidas de su tela dejan pasar la media luz que penetra por la ventana, con sus persianas mal cerradas. Alicia apoya su mano en la mesita, y con la otra sostiene el rosario en su pecho. Se mira en una esquina del espejo: su cara tensa la hace ver más vieja, con sus mejillas pálidas, sus labios contraídos por la angustia. En la oscuridad, el lila de su blusa se confunde con su abrigo gris oscuro. Pero no ve bien el resto de su ropa, porque la espalda negra de su hijo cubre el resto del espejo. Le habla; sus palabras se hunden en el aire, como si cayeran en un abismo.

La lluvia del atardecer aviva el verde del jardín. A través de la gris cortinilla que rodea la casa, se ven manchas de luces en la calle contraria, y sombras fugaces de automóviles que pasan de vez en cuando, sin hacer ruido. Los labios de ambos se están moviendo, se están respondiendo, pero el silencio colma la habitación como un pesado manto. Ambos se mantienen firmes; él en su obstinada negativa a las razones de su anciana madre, y ésta, solo porque se apoya en la mesita del florero. Las margaritas alicaídas en éste rozan las mangas de su abrigo. Él se hace un paso hacia atrás y la madera cruje; se vuelve hacia la nerviosa mujer y la mira sin pestañear. Ella no soporta el dolor, pero también sabe que no puede moverse.

En el crujir de los tablones de madera del piso resuenan las docenas de años que ha visto pasar la casa. Gimen por cada muerte que ha ocurrido entre sus paredes. El hijo sabe que en este terreno jamás podría ganar una discusión. Pero he aquí que Alicia tiembla, lo puede ver en su única mano desnuda, la que se aferraba antes al rosario y ahora cae sobre el costado de la anciana. Ella conjura toda la fuerza que sabe que tiene por dentro, que ha vivido por ahí, en su cuerpo, flotando, por años. Las gotas de lluvia resbalan sobre los niños de mármol desnudos, en el jardín, que juguetean sin deternse nunca. Algunas gotas rodean los bordes de las vasijas que sostienen los niños, antes de caer dentro de ellas, o resbalar hasta el suelo. Algunas aves buscan resguardarse bajo el pórtico del patio.

El hijo se ha movido al otro extremo de la habitación y su madre inmóvil lo sigue con la mirada. Necesita aferrarse a algún mueble para no derrumbarse sobre sus rodillas, por lo cual, antes de perseguir al hombre, que de pronto se ve infinitamente más viejo que lo que jamás había imaginado, debe buscar a qué madero asirse. El borde del librero. Las zapatillas no hacen crujir el piso, es como si más que pisarlo, se deslizara sobre él. Todas las cuerdas dentro del cuerpo se revientan, y empiezan a sonar notas discordantes. Melodías salvajes. Haber vivido tantos años en la misma casa, haber compartido cada plato de comida, haberse lavado las manos en la misma agua, y aún así, mirar como un rostro ajeno la rechaza sin hacer un movimiento.

Alicia siente lágrimas que se agolpan detrás de sus ojos, que presionan su cráneo como si estuviera sumergida en lo más profundo del mar. Recuerda la última vez que vio el mar, por cierto. De la mano de su madre, de quien ni siquiera recuerda bien los rasgos de la cara, sólo el cabello plateado ondulante que se le antojaba la línea marina al atardecer, y se deslizaba sobre la porcelana pulida y sin detalle de su rostro. Un gran abismo se abre entre aquel año y éste, y un torbellino arrasa con todo lo vivido hasta entonces. El vacío se apodera de las cavidades que pueblan su cuerpo mientras los órganos, uno a uno, se disuelven en el aire. Un profundo dolor en el pecho, mismo dolor que debe estar presionando a su hijo, por dentro. El labio del hombre, delgado y sin color, tiembla ligeramente como las ramitas de ciprés sobre las cuales algunas avecillas grises se posan antes de saltar al techo de la casa. Todo lo demás se hunde en las sombras.

Ver como se rompen de pronto lazos que había creído indisolubles la derrotan. Que un hijo pueda en un instante dejar de sentir lo más mínimo por su madre le parece inaudito. Pero lo cree. Porque él no llora, él no puede llorar. Ambos pares de labios se mueven de nuevo, recriminándose, amándose por última vez, deslizándose sobre sus nucas como colmillos. Mordiendo. Los cuerpos se muerden por dentro. La mirada acusadora remueve las entrañas de Alicia. Y dentro de él, quizás todo sea opaco y tibio. Por ningún motivo, ella se deja de sentir culpable, las cadenas que pesaban sobre sus hombros apenas son más ligeras que la neblina que rodea la residencia. No tiene explicación, pero no está volviendo al silencio de tantos años. Esa puerta no se puede cruzar de nuevo. No huye de él tampoco.

La mano de Alicia se separa de la mesita y él comprende. Las piernas de ella ya no tienen por qué temblar. Ambos, madre e hijo, han hallado en común que no pueden acercarse, que sus manos no pueden tocarse de nuevo, que un abismo insondable se ha abierto entre ellos. Su mente se aligera. Piensa sin motivo en la entrada a casa de su hermana, muy lejos de aquí. Allá no deb estar lloviendo, aunque quizás haga frío. Pasará la noche allá. La hermana murió hace años, pero ella conserva la llave. Su cara se encontrará con la de su hijo por última vez. La culpa de diluye. En la entrada a casa de su hermana hay hermosas flores azules y blancas, hay lagartijas que salen de rincones húmedos del jardín, hay una cerca de madera que chilla cuando la abren.

No hay lazos permanentes. Se han desecho. Él se levanta primero. Su voz hace eco en esa sala por última vez. Sus zapatos en la cerámica del pasillo de entrada. Su reflejo en un espejo distante. Alicia se sienta en la silla junto a la ventana y piensa en su hermana, en su madre. En su marido, la causa de todo esto. En la noche. En que podría pasar días entero, de ahora en adelante, sin escuchar voz humana alguna. No le hará falta.

La sed y el hambre

•Enero 25, 2010 • 3 comentarios

- This is our decision, to live fast and die young.

Recuerdo que cuando entré a la habitación de Julián, tras no haberlo visitado en meses, casi un año, lo primero que sentí fue que me ahogaba con el olor a tabaco impregnado en todas las telas y paredes de la casa. Él solía tener un cuerpo hermoso, delicado, etéreo. Se mecía con el viento. Su cabello era igual. Ahora nadie lo ve, es perfecto. Desde que era joven, su deseo era esconderse, se ocultaba detrás del tobogán al que nadie subía, porque era muy bajito, porque estaba malo y oxidado. Allí lo encontré la primera vez que lo vi. La primera vez que le hablé. Sostenía entre sus brazos una ramita de ciprés. Ahora solo me queda en la nariz el olor a tabaco. Y a suero. Digo suero porque no puedo pensar en otro olor parecido. Tal vez me equivoque.

Me senté en el piso junto a él, porque había vendido todos sus muebles. Sus labios resecos me hacían pensar en los días que pasamos juntos en alguna playa de Guanacaste, en la casa del tío de quién sabe qué amistad hace ya mucho tiempo perdida. Tomé su mano con timidez. Entonces él empezó a hablar. Y hablaba con la furia de quien ha permanecido encerrado en su habtiación por años, con los ojos quemados por el primer contacto con el sol desde el inicio de su encierro y la voz ronca por tanto fumar. En ese instante empecé a extrañarlo, como si ya se hubiera ido. Se me escapaba de las manos como el agua en una poza en Puriscal. Él corría medio desnudo por todas partes. Lo teníamos todo. Yo lo amaba, y él me amaba. Y a Laura, y a Juan José, y a Victoria, y a Alicia. Éramos inseparables. La nostalgia empujaba lágrimas hacia mis ojos, pero como no quería que él las confundiera con dedos acusadores, o como pequeñas perlitas de lástima, me contuve, y hablé de tonterías. Ahora me arrepiento de no haberme echado a llorar en su regazo.

Si él hubiera salido a la calle a gritar que lo dejaran en paz, a desprenderse de su ropa, a correr para que cada gota de lluvia, cada piedra desprendida del suelo, cada golpe a hombros ajenos lo desintegraran y lo disolvieran en el aire, yo hubiera ido con él. Yo me veo allí, al lado de él. Con los ojos cerrados y los brazos abiertos, absorbiendo al mundo. Pero él nunca dijo nada. Sólo se quedaba en su cuarto, fumando, inyectándose, esperando, oyendo música rarísima que le hablaba en un lenguaje que él había dilucidado en privado.

Cuando conoció a Marcela, me ilusioné porque me imaginé que ella lograría que se distrajera, que pensara en otras cosas. Luego ella se fue, como todo el resto. Como yo. Una día me la topé en La Cali, me sonrió, nos dimos un beso en la mejilla, y vi que en sus ojos lo que había era miedo. Miedo a volver a enamorarse de mi amigo. Él nunca la volvió a mencionar, como si en ella hubiera proyectado todo lo que quedaba de bueno dentro de él.

Llevaba cinco días sin comer más que galletas María, cuando lo invité a cenar. Rechazó el vino porque sabía que le destrozaría el estómago. Y se contentó con una ensalada. Fue la cena más breve de mi vida, él quería huir de la comida para no recordar su alacena vacía, qué sé yo, uno no es tan inteligente, no sabía qué hacer, no tengo tanta percepción, no podía imaginármelo, respiré, me callé, pagué, nos fuimos. Pude haber hecho más que simplemente pagarle el taxi.

Cuando éramos más jóvenes, a él le gustaba que nadie lo viera. En los recreos de la escuela, solo a mí me decía adónde iba a estar, aunque supiera que yo necesitaba tiempo con otras personas, que no podía estar siempre con él, y en todo caso a él le encantaba dedicarse a su poesía en solitario, yo le daba tiempo. Tal vez al siguiente recreo sí iba, me sentaba junto a él, leíamos sus poemas, los corregíamos, los sentíamos en cada centímetro de piel. Me erizaba los cabellos leerlo. Era tan intenso y tan violento, se sentía como una descarga eléctrica que rompía miles de células en la brevedad de una palabra. Así era él, así era estar cerca de él: uno se desintegraba, se hundía en un pozo oscurísimo y no podía salir por días. Aunque él no era aburrido, ni oscuro, ni nada. Era solo Julián.

Siguió siendo lo que fue desde el principio. Un adolescente enamoradizo. Un adolescente al que le dolía vivir. Un chico al que le molestaba la comida porque le mantenía vivo. Jamás hubiera tenido las fuerzas para quitarse su propia vida, por ello se dejaba ir poco a poco. Cogía con desconocidas. Fumaba lo que tuviera enfrente. Era un puto, un idiota, un insensible. Al menos así lo veía todo el mundo. Hasta yo, cuando él se negaba a compartir la felicidad que a cuentagotas empezó a caer en mi vida. Hasta que un día, ya no pude esperarlo más. La última vez que lo vi, todo olía a tabaco. Su mano se sentía tan delgada y tan fría que yo creo que estaba muerto por varias semanas antes de que lo encontraran. Me habló de tantas cosas tan hermosas esa tarde que puedo estar seguro de que él no se quitó la vida. Él solo se dejó ir.

Se puso su mejor ropa cuando me vio esa tarde. Pero tenía que verse informal, relajado, también: se aflojó la bufanda en cuanto entré. “No hace tanto frío de por sí”, comentó. Cocinamos juntos y me corté un dedo por accidente, mientras picaba la cebolla y hablábamos de Bach. Me limpió, me vendó, me hizo té, terminó de cocinar, puso la mesa lo mejor que pudo (tampoco tenía ya mesa, sino una tabla colocada sobre cajas), él lavó los platos, todo a pesar de mis protestas. Sus manos temblaban. Me cuesta creer aún que él pudiera sentir que no tenía nada que darnos más que su muerte.

En este mundo

•Enero 10, 2010 • 1 comentario

Estas puertas abiertas. El aire entra y deposita una fina capa de polvo sobre cada objeto de la casa, ensucia las paredes con discreción, carcome su vida en silencio.

He visto una pulpería convertirse en mini super. He visto una ventanita donde vendían tacos convertirse en restaurante. He visto una cantina convertirse en apartamento. He visto niñas cargando a sus hijos en brazos, perros comiéndose sus propias patas heridas, cadáveres de aves sepultados como mascotas queridas. He visto un colibrí encerrado en mi cuarto, luchando desesperado contra paredes invisibles que no comprende, contra las que golpea su cabecita hasta sangrar. He visto las gotas de sangre de colibrí brillar en mis ventanas. He dormido con eso en mi ventana, he sido incapaz de limpiarlo.

He visto un agujero enorme y profundo abrirse en un patio, y el río que pasa bajo tierra. Me imaginé que el mundo abría sus venas con olores putrefactos y que se empezaría a desangrar en ese punto. Y yo tiré mangos en el agujero. Y oí cuando cayeron al agua, pero no lo vi, porque era de noche. He visto nubes devorar montañas enteras y conejos con las tripas desgarradas por un balazo. Y he comido conejo, y es suave, y tiene poca carne. Me he roto las rodillas en una cascada anónima, y la he escalado, solo para sentirme en compañía de serpientes y de sapos, y sentí el musgo en mis piernas desnudas, y las plantas crecer alrededor de mí.

He nadado en un lago antiquísimo. Lo atravesé. Y al llegar a la otra orilla, me acosté a sentir las hojas del verano en mi espalda que aún no empezaba a pesar. Abrí las puertas. Vi telarañas cubrir muebles como blancas sábanas. Vi paredes hechas con latas de gaseosas, y escuché voces de muertos. He visto eclipses y mareas altas, montañas de peces muertos en la arena y las olas que se llevaban las escamas podridas. He lavado mis manos con agua bendita y la he sentido muy fría y muy limpia. Me he lavado los ojos con ella. He jugado con cuerpos de ratas muertas, molestando su paz con ramitas, sin marearme por el olor.

He hablado con un hombre que es a la vez padre, abuelo y esposo. De la misma mujer. Lo vi escupir al piso, y pasarse el dorso de la mano por la boca. He escuchado disparos y he escuchado a animales agonizar. He visto una iglesia en la que solo cabían cuatro personas y el sacerdote. He hecho burbujas de jabón en un cementerio. He deseado morir golpeándome la cabeza en un orinal sucio. He masticado helechos, hormigas, papel, bolígrafos, mierda, llenado hormigueros de fósforos que luego encendí, uno por uno. He visto venas abiertas sangrando en un baño inundado de agua sucia, vómito y un olor a cerveza que irritaba las fosas nasales.

Estas puertas abiertas que dejan el aire en la casa que se come todo, hasta a mí mismo. Una vez, carretera a Liberia, tuve una revelación, y desde entonces he estado buscando imágenes. Me asomé por la ventana y vi sombras de árboles en la noche, la noche desbordada por las estrellas, he llorado viendo las estrellas en la playa, el universo infinito, que huele a muerte, que huele a sangre, a arena, a cobre, a sal, a moho, a miel, a hojas podridas, a mangos en descomposición, a hormigas quemadas, a sudor, a nada.

El día en que nací luché por respirar por primera vez, y desde entonces el aire me ha estado descomponiendo poco a poco. Y no hay en este mundo mayor felicidad que poder morir lentamente contemplándolo mientras éste mismo se desintegra y se desperdiga en el espacio. Hay que cerrar los párpados y morir. Pero oyendo el viento soplando entre los árboles. Y sintiendo el sol en la cara. En este mundo, no hay placer más grande que morirse poco a poco.

(Foto de autoría propia. El mundo es una mierda, ok, pero mi gato sí que es lindo)

Mil mariposas diminutas

•Enero 3, 2010 • 1 comentario

Las piernas cruzadas, el pantalón manchado por la hierba húmeda y el barro. Mil mariposas minúsculas formando pequeños remolinos que sacuden las briznas de hierba en la colina. Una mariposa sobre el cuello desnudo. Unos ojos que quieren desnudar el mundo.

La respiración intranquila, las palmas sudorosas. Vacas mugiendo muy lejos, detrás de la niebla. El sol que desgarra poco a poco la piel y revienta el cabello al descubierto.

La imaginación de un río que debe correr allá abajo, entre las montañas conquistadas. El silencio colorido. Perros que le ladran a las mariposas que se posan sobre sus hocicos fríos. La tierra que se renueva en ciclos, poco a poco. La brisa que lava la piel con sus caricias imprevistas, que aplaca el calor de las dos de la tarde en la cima del mundo conocido, lejos de todo, en secreto. Cipreses, lejos, las manos temblorosas; mariposa. Alas se baten sobre el párpado.

Los pies adoloridos tras escalar mil metros. Dos mil metros. Tres mil metros. Lejos, lejos del ruido y del humo. Las palmas sudorosas. La voz quebrada. Sentir frío en todo el cuerpo a pesar del sol incandescente que se desparrama quemante sobre la extensión entera del mundo, que hace estallar las gotitas de agua contenidas en las nubes. Las piernas cruzadas, el pantalón manchado por la hierba húmeda y el barro. Todos los músculos temblorosos. Hay un tiempo para esperar, hay un tiempo para callar, hay un tiempo para saltar.

Mil metros, dos mil metros, tres mil metros. Al vacío. Para sentirse abrigado por heladas nubes. Nubes reales, de las que se ven desde allá abajo. Ser abrigado por ellas. Mil mariposas diminutas que se posan en las rodillas, en las palmas de las manos, en las cejas, en los labios. Y tiemblan con el viento. Y sus alas se quiebran bajo el peso del rocío.

Caballos con las patas cubiertas de barro. Piedras ocultas bajo el espeso manto verde. Los caminos se forman de barro, de piedra, de boñiga, de hierbas que revientan las piedras, de cadáveres de aves, de vacas, de terneros, de mil mariposas grises. El alambre de púas enrollado sobre sí mismo. Las púas herrumbradas clavadas en los maderos podridos por la humedad. Las manos se deslizan sobre la superficie rugosa de la madera, del metal, de las herraduras de caballo abandonadas y convertidas en adornos, de mesas de madera tan pesadas como rocas gigantescas a los lados de las montañas.

Esperar el bus. Tocar el lomo de los caballos. Lejos, lejos del ruido y del humo. Vacas mugiendo muy lejos, detrás de la niebla. Ellas son de niebla. Ellas son nubes. Nosotros somos nubes. El cielo nos pertenece. Armonías distantes. El sol que desgarra poco a poco la piel y revienta el cabello al descubierto. Repetición interminable, la suspensión del tiempo. La falta de barreras. Todas las cercas, todas las rocas, el suelo mismo. Se han ido, licuados, barridos, desperdigados, dispersos en el aire. Llueve. Luego el sol. Luego la lluvia. Luego el sol invisible.

Hay una posibilidad. Color castaño, cada tono del color de la madera contenido en un espacio minúsculo. Parpadeo. La mariposa vuela. La hierba se quiebra. La cercanía.

Hay una posibilidad. Descifrar el lenguaje del viento. Recuperar los cadáveres quemados de mil mariposas diminutas. Y sobre ellas, construir un mundo. Una torre interminable. Y suave como la crin del caballo, la nube envuelve el cuerpo y lo revela a sí mismo. Y se encuentra vacío a sí mismo. La respiración intranquila, las palmas sudorosas. Por primera vez en tanto tiempo.

Esto es tuyo.

Los caballos salvajes

•Diciembre 17, 2009 • 3 comentarios

Entonces empezamos a correr. Se rompió la vieja cerca de madera, podrida por todas las terribles tormentas que había tenido que soportar, deshecha, se rompió con el simple golpe de los cascos del caballo negro. Uno tras  otro, los caballos habían empezado a saltar sobre la cerca, luego sobre sus restos, marcando profundamente la tierra húmeda y aplastando los retoños de las rosas y el anís del suelo. No sabíamos qué hacer.

El rocío había cubierto los campos con una suave capa plateada. Quería rozarla con la mano, quebrar las pequeñas perlas de agua que se habían depositado sobre las hojitas y luego sentir la frescura en mi mano y en todo mi cuerpo. Queríamos tumbarnos en la hierba pero mamá nos hubiera regañado por ensuciarnos. Ali tomó mi mano y me llevó a caminar entre los pinos, al sur de la finca. Julio, Sergio y los otros estaban cargando cajas, subidos en los manzanos, llevando y trayendo palas en todas direcciones. Era temprano en la mañana, y hacía frío. Ali me dijo que fuéramos al establo, y a ver a doña Antonia ordeñar a las vacas; tal vez nos regalaría un vaso de leche.

Los tablones rojos del establo no brillaban como en los días de verano. Se veían opacos y sucios con el barro y la boñiga de incontables mañanas, desde que había empezado a llover y limpiar las paredes a cada rato había perdido el sentido.  Caminaba guiado por Ali, sorteando los agujeros que las pezuñas de los caballos del establo y las vacas habían hecho en el suelo el día anterior. Algunos huecos estaban llenos de agua. En ellos saltaban gusanos, o eran sobrevolados por mosquitos silenciosos. En todas partes, briznas de hierba quebradas y flores deshechas adornaban el suelo con un tapiz a la vez delicado y confuso, en el cual se hundían los pies si uno se quedaba mucho tiempo quieto. Ali y yo nos movíamos rápido, sorteábamos las piedras, los charcos, saltamos sobre un par de barreras.

Luego llegamos al establo. Oíamos gritos a lo lejos, tal vez Sergio, pero no le entendíamos muy bien. Y empezó a llover. Empezamos a correr. Una horda de caballos salvajes había irrumpido en la granja. No sabía que había aún caballos libres en los campos, no tenía idea, y nunca me habían hablado de ellos. Ni siquiera Tito, sentado en la mecedora, cuando limpiaba la escopeta, había hablado jamás de caballos salvajes. Pero Sergio no dejaba de gritar que tuviéramos cuidado con ellos.

Aire de diciembre

•Diciembre 13, 2009 • 3 comentarios

Cada noche, él sube al techo de la casa, con cuidado de no hacer mucho ruido, de no pisar la lata equivocada para no despertar a mamá ni a las vecinas. A veces se encuentra con uno o dos gatos; éstos se pelean, se aman, corretean, duermen acurrucados en una esquina seca cerca de las canoas. El aire nocturno, poblado solo de pitos de taxis en la otra calle, de la luz enceguecedora del rótulo gigante del Hiper Más y del olor de la humedad en las azoteas. Las manos heladas abrazan su propio diminuto cuerpo.La brisa mueve el cabello oscuro en todas direcciones.

Los labios tiemblan para pronunciar palabras sueltas, o para combatir el frío. El chico se sienta en el borde del techo, con cuidado de no patear la escalera (o no tendría cómo bajarse), y toma un profundo respiro. No huele a candelas de vainilla, ni a madera vieja, ni a café, como dentro de la casa. Tampoco es que el aire de la ciudad sea puro, ni mucho menos, pero los aromas no se impregnan en la ropa inmediatamente como dentro de la casa minúscula. Aunque haga frío, él sube para respirar, y para pensar un rato.

Las ideas van y vienen como las bolitas en las máquinas tragamonedas de la pulpería. Chocan aquí y allá, iluminan tal o cual banderita, aumenta el puntaje del jackpot. No tiene otra forma de organizar sus pensamientos que no sea esa, es lo único que se le ocurre. Líneas formadas por colores disímiles y banderas de países que nunca visitará, que no sabría ubicar en el mapa. Pero le fascinan terriblemente. Todo Brasil se contiene en ese rectángulo verde, en el rombito amarillo, en el globo azul en el que no lee bien qué dice. Todo está allí adentro.

Tampoco sabe los nombres de las constelaciones, si acaso recuerda algunos, pero jamás podría asociarlos con las estrellas correspondientes. En todo caso, ve muy pocas. Lucecitas que parpadean detrás de algunos jirones de nube, de vez en cuando. La luna llena, lechosa e imponente. Los camiones estacionados en el lote de enfrente. Voces de gatos errantes a las dos de la mañana. La sensación de estarse perdiendo algo importante que sucede en ese momento.

En cierta ocasión oyó a su mamá pronunciar el nombre del padre hace mucho perdido, cuando le contaba algo a una vecina. Pero no lo recuerda bien. Pensar en su papá, cuya cara se borra como las letras pintadas en la pared de la pulpería y los afiches de Coca-Cola ya amarillos, lo hace pensar en árboles. En árboles cualquiera. No sabe por qué. Mangos. Eucalipto, en La Sabana. Pero la última vez que fue a La Sabana fue cuando tenía diez años y no recuerda bien. Los koalas se alimentan de eucalipto. Pero no recuerda tampoco cómo luce un koala.

Hace más frío del normal esta noche. Aire de diciembre. Las luces navideñas que cuelgan del borde del techo de la casa al otro lado de la calle. Los renos que mueven la cabeza en el jardín de los vecinos.

Todo lo que está al otro lado. Sus manos se sienten ajenas sobre sus hombros. Como si alguien más estuviera allí.

Cipreses verdes,

Un gato gris maúlla;

El poder creer.

Maracuyá

•Noviembre 17, 2009 • 2 comentarios

Claudia atiende con amabilidad en un café de Zapote. Es un local agradable, con manteles de cuadros, floreros, cuadros pintados por su hermano, y cheesecake de maracuyá sobre una mesita baja de bambú. Todos los días a las siete, camina desde su apartamento, a tres cuadras, y abre el lugar. A esa hora, una tierna luz, muy cálida, penetra las cortinillas blancas y rebota en las patas plateadas de las mesas y en los vidrios de todas partes. Ve su cara en un espejo de adentro mientras abre la puerta. Nunca encuentra la llave correcta de primera, y le gusta creer que es costumbre suya. La verdad es que es simplemente distraída. Pero nunca olvida una orden.

Ella es quien coloca ramos de flores de colores chillones en los floreros, en cada esquina. Es la que ordena los pastelillos y los postres en los mostradores, en las mesitas. Ella llena los tarritos de azúcar y rellena los servilleteros. Enciende velas aromáticas en el baño y barre en la terraza, diminuta pero muy fresca, el sitio preferido de muchos clientes regulares. Como Gabriel. Es un estudiante de arquitectura de la universidad cercana, y todos los días viene, a distintas horas, a tomarse un café después de clases o en sus recesos. Ciertos días, viene hasta dos o tres veces. pide invariablemente un café negro (o dos) y el cheesecake de maracuyá. Fuma uno o dos cigarrillos mentolados. Siempre está leyendo. Libros viejos de tapas gastadas, que huelen a polvo y a humedad, pero que devora con pasión. Cruza la pierna derecha sobre la izquiera, sostiene el libro con la mano derecha y el cigarrillo en la izquierda. Ella no necesita esperar a que le pida nada, sólo sirve en cuanto llega.

A mediodía, el café se llena. Su prima Verónica es chef y cocina platillos muy variados; le gusta cambiar todas las semanas, aunque tiene sus clásicos, como el pescado en salsa de piña o el pollo a la naranja. Tiene una cara limpia, una belleza cristalina, como si toda ella estuviera limpia, y se mantiene siempre en silencio. Llega, saluda, cocina, y se va. No es igual con Julio y Marcela, el repartidor y la pastelera. Ellos hablan todo el tiempo, sin cesar, siempre sonríen y están alegres. Pero ellos son mayores.

Don Pedro almuerza todos los días en una mesa junto a la puerta de la terraza. Lee El Financiero y detesta el olor a cigarro, por lo cual si coincide por casualidad con un fumador se pasa para adentro del café. Pero se mueve junto a los floreros más grandes, para oler el polen, admirar de cerca a las abejas, y buscar telarañas entre los tallos. Tararea boleros y habla solo. A veces, cosa extraña, se sienta una señora con él. No hablan. Ella siempre usa sombrero. No hablan, no se ven a la cara. Solo beben café lado a lado. Verónica una vez comentó que esa era su esposa, pero a Claudia le da vergüenza preguntar.

Claudia lee poesía. Le gustaría compartirla con Gabriel, pero siente que sería una entrometida si lo comenta. Hoy lee algo de Rilke. Toma té de jazmín. Tiene un vestido corto violeta, y una flor en la cabeza; la arrancó del jardín de doña Luciana de camino. Pero no se la robó, sino que la señora le dio permiso. Supo que resplandecería sobre una cara tan fina y delicada. Que resaltaría los labios tan pálidos que pocas veces se abren.

Las pulseras de Claudia tintinean sobre la taza de café nueva que ha pedido Gabriel. Él la mira directo a los ojos, y ella le dice

Oh, Señor, da a cada uno su propia muerte, el morir que surja

verdaderamente de esta vida, donde encontró amor, sentido

y desamparo

O tal vez se queda callada y sonríe para sí. Y él la mira sin hablar tampoco. Y sigue leyendo su libro de páginas cafés y tapa de cuero deshecho. Por allá, una elegante dama de negro le pide una ensalada. Y ella se mueve lentamente, con cuidado de no distraer más al chico y no robarle los que deben ser sus único minutos relajantes en todo el día. Ve las maquetas que tiene al lado y se pregunta en qué momento las hará. Quizás de noche. ¿Adónde vivirá? Debe vivir solo. Tenía una novia, pero a ella no le gustaba que fumara. Sí, eso debe ser.

Otro cheesecake de maracuyá. Es lo único que cocina Claudia, pero él jamás notaría la diferencia entre la comida de ella y la de Verónica, porque nunca ha probado otro plato. Lo que tampoco sabe es que nadie más lo pide. Solo algún otro estudiante de la U que a veces pasa por acá y lo acompaña con té verde. A Claudia también le gusta pintar. Ayer pintó una acuarela diminuta y la llamó “Helecho”. Nadie la vio, excepto el chico que reparte el periódico en el barrio, y la felicitó por su obra. Al chico le fascina el arte, pero es probable que se haga mensajero.

A Claudia le gustaría, a veces, hablar con alguien de quien no sepa absolutamente nada. Y aprender. Y callar después. A ella le gusta sentir el césped bajo sus pies, afuera. Evita pisar las florecillas blancas.

(Gracias por leerme. Foto de autoría propia. Leer Filosofía Pop también :) )

Kodachrome

•Noviembre 8, 2009 • 2 comentarios

Encontré una fotografía amarillenta, con los bordes rotos, muy vieja. No sé quién pudo haberla tomado, ni quién decidió conservarla. No conserva el color original. Es un retrato. Una sonrisa espontánea en una cara desconocida. No tengo idea cómo llegó a la gaveta del tocador. No creo que nadie conozca a esta mujer.

Descarto lo obvio primero. No es una amante, porque éste no era el mueble del señor. No se trata de una prima perdida, porque sus facciones no corresponden a nadie de la familia, y no hay posibilidad, por ninguna parte, de que sea una hija de la familia que nadie recuerda. Sus ojos brillan bajo pestañas pesadas. Me huele a limón y a café muy fuerte.

Dentro de muchos años, alguien hallará, en un mueble entonces antiguo, una foto de mi cara tomada cuando no sabía que lo hacían. Tal vez aquella que me tomó el novio de mi amiga en una montaña cubierta de niebla. O una de la serie tomada junto al mar en Limón. O una a la luz de la tarde en mi sala, con mi gato al lado. Y a alguien oleré a maracuyá, a té o a menta.

No voy a ser familia de nadie ni voy a ser el ex-esposo de ninguna prima lejana. Mis ojos no contendrán ningún recuerdo, del todo. Si acaso, una tenue calidez, una chispa que inicie un cuento sostenido como una gota de rocío sobre una hojita tierna en un rosal. Porque ahora, me imagino que ella, cuando fue fotografiada, estaba en un punto crucial de su vida. Me imagino que él la amaba, ¿cómo no amar ese rostro tan sereno? Pero ella guardaba hojas secas y húmedas por dentro, piedras diminutas y mechones de cabello.

Me hace pensar en un jardín quemado por el sol donde brilla una flor amarilla espectacular. Ella tal vez fue eso.

4243_101833708202_741188202_2715089_1704148_nFotografías de uno van quedando en el mundo y es imposible recogerlas todas, porque no todas han manchado el papel, ni siquiera han llenado una computadora. Nuestras caras han sido detenidas por ojos de hambre y de sed, han sido congeladas en una fracción de segundo y para siempre. Fotografías banales: tengo una caja llena de ellas. Está acá adentro. Caras como esta. En un mueble viejo, o en un alma herida, alguien va a encontrar una foto mía. Tal vez tomada en un bus camino al trabajo, o en un parque rodeado de niños. Claro, ¿cómo decir “recuerdo a Fernando”, “recuerdo a un muchacho que…”? Ni yo podría decirlo sobre esas caras que guardo. No conozco a nadie. Pero, en frases como “Cuando yo era joven, me sentía muy solo…”; “Yo iba al trabajo en el tren”; “Yo siempre le fui infiel, en la mente”, ahí estarán enredadas todas las caras y todas las sonrisas, y todos los aromas también. Un pequeño jardín.

Uno ve un rostro y nunca lo olvida. Debe aferrarse a ello, porque el resto lo lava la lluvia, lo lavan las lágrimas. De mi infancia no recuerdo nada de lo que sentí. Solo guardo lo que vi. Un rostro en una parada de bus. Una pierna desnuda junto a una piscina. Un gato saliendo de un espeso matorral. Una telaraña colgando sobre la cama. Así funciona la memoria.

(Foto de autoría propia. Gracias por leer.)

Canción de amor para días no vividos (todavía)

•Noviembre 2, 2009 • 2 comentarios

Como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida, Antonio camina entre las ramas con la seguridad de quien enfrenta la muerte. Como si atrás se concentraran sueños de insomnio, planes fabricados en la ducha, muchas horas de contemplar las cajas de Hi-C arrastradas por la lluvia en los caños, a través de la ventana del lado izquierdo del bus (jamás el derecho). Los arbustos pequeñitos, las piedras húmedas, hay que tener cuidado de no resbalarse porque llovió en la tarde. Y hay que tener cuidado de no hacer mucho ruido para que el otro no se percate antes de tiempo de que hay alguien cerca.

5700_118913963202_741188202_3026201_679582_nPipo lame la mano extendida del dueño. Su cuello blanco, pálido en la luz de la luna y de los farolitos, la luz amarilla que atrae a las polillas y que ilumina el largo camino alrededor y a través del parque. Cómo no exrañarlo, se dice Antonio con la suavidad y serenidad de una oración aprendida bajo las cobijas, repatida por mamá, un mantra milagroso y extemporáneo. Cómo no amarlo. Ni siquiera hace falta haberlo besado para sentir en los labios un temblorcillo por el frío de la piel. Y debe oler a sandía, a vainilla (pero la real). Y sus labios deben saber a canela como cuando se bebe un capuccino con elegancia. Y sus ojos deben mirarlo a uno de frente, y se debe sentir como tumbarse en la hierba en una cuesta al lado de la carretera, en una montaña en Coronado.

Hablarle debe ser como tirar piedras a un precipicio, detrás del cole, en La Sabana. Antonio cruza con cuidado el puente, no vayan a crujir los viejos tablones bajo sus pies. Camina saltando entre las piedras como quien está seguro de todo en el mundo, como si no hiciera falta una sola respuesta. Pipo mueve la cola y no lo ha olido, es una buena señal. Y su dueño va ensimismado, tal vez con los audífonos puestos (no se ve bien porque está pasando por la parte oscura, bajo los árboles más altos, donde no hay luz cerca). ¿Cuánto tiempo se puede aguantar la respiración bajo el agua? La limpieza alrededor de los basureros es rara. Él camina despreocupado; él arrastra los pies; él no mueve las manos, es Pipo el que lo lleva a él y no al revés.

La luna entre las nubes y las ramas es una imaginación, un señuelo. Las estrellas son migas de pan. Abrirse hacia la infinidad del cielo… dejar de respirar… Se acerca al próximo farolito. Bajo él, una banca de madera bajo cuyos tablones, ¿cuántos chicles y cuántas colillas de cigarro? Y mosquitos, de seguro, y polillas extraviadas, confundidas, como peces en un estanque cuando uno arroja una piedra enorme y el agua, esa tela tan delicada, se revienta en largas ondas sin pausa hasta la orilla. Él mira a los lados como si descubriera árboles desconocidos, misteriosos, guiado por un perro extrañamente silencioso.

Lo llevaría de paseo, en un auto conducido por un rostro sin ojos, sin nombre, a través de la Tierra, en carreteras rectas, planas, inacabables. En una tarde lluviosa, junto a grandes plantaciones de piña, de caña, breves bosques de aguacates y mangos, arrozales y luego, por un momento, un jardín de orquídeas, casas de lata, de tablones, una parada de bus abandonada, el sol derritiéndose en el cielo distante, más allá del fin de las planicies y tras las altas cañas. El aire que sabe a mango y a caña, a ratos. Lo llevaría en los regazos. Ambos irían en silencio. Y se verían solo para sonreírse y seguir durmiendo.

Andrés.

Solo toma un momento en que se de cuenta de dónde proviene la voz. Y sonríe, por Dios, sonríe. Y no solo eso:

¡Antonio! ¿Qué hacés por acá?

Y Pipo lame la mano del dueño y mueve la cola, frenético. Y la madera cruje cuando se sientan, y cuando Pipo salta a los regazos de su dueño, porque es demasiado pesado. Y Antonio hunde sus manos en el lomo del animal que lame su cara. Y ríe, por Dios, él ríe. Y lo mira directo a los ojos, como para la buena suerte. “A veces, me despierto en la madrugada y me olés a caña y al sol quemando la caña allá lejos”. Antonio nada más paseaba por el parque porque estaba aburrido en la casa. Si le preguntás si sabía que Andrés iba a estar ahí, paseando a Pipo, te va a decir que no. Pero no le preguntés. “Pero el olor es como el estallido de un fósforo en la caja. Se va así de rápido. Solo quedás vos. Y el frío que entra por la ventana”. El verde le sienta bien a Andrés, con ese pelo negro que debe oler a té y esa piel tan fresca.

No, en realidad no, nada. De por sí es domingo.

Sentir la vida correr desde los pies hasta la garganta y reventarse como alas de mariposa sobre dientes de león en un pastizal eterno rodeado por un bosque. Andrés y su nariz. Andrés y sus muñecas. Andrés y sus brazos desnudos en esta noche tan fría. Andrés y sus pestañas. Andrés y sus ojos. Andrés y sus labios. Andrés y su silencio tan alegre.

¿Un helado, mañana? Por supuesto. Sí, podemos ir por uno, y luego dar una vuelta por ahí, ¿te parece?

Una mano en el hombro para despedirse es como hundir una estaca en la tierra mojada. Antonio se sacude y sonríe.

A él. Tanto si lo lee como si lo ignora.

Little Red Corvette

•Octubre 7, 2009 • 1 comentario

El olor del tequila penetra la ropa y se adhiere a la ropa. Sábado en la noche; polvo seguro. Cierro los ojos, dejo que la música me meza de lado a lado, que me haga rebotar en los cuerpos sudorosos de los que bailan y las paredes manchadas con licor derramado. Y así, poco a poco, llego hasta el baño. Me miro en el espejo y me siento orgulloso, porque mi cabello se ha mantenido en su lugar toda la noche, a pesar de todo. Ya ves, de  vez en cuando se puede portar bien. Hice bien en comprar esta camisa, además. Me veo bien.

Salgo a fumar tranquilo un momento, porque me siento un poco mareado. Todas las luces, el calor, la música a un volumen inmanejable, todo eso me aturde un poco y salgo tras avisarle a Fer. De hecho, le dije que fumara conmigo, pero se negó. Bueno, encendió su propio cigarro, pero allá adentro. En fin. La calle está atestada de vehículos, a ambos lados. Todos deportivos, de lujo, plateados, azules, negros, rojos. Conozco a un tipo que todas las noches, después de bailar y tomar, se apoya sobre el que considere el mejor auto para esperar al conductor, y se va con él a la casa. Muy mal visto. Pero uno solo saluda y sigue caminando. Ya lo vi. Está sobre un BMW plateado, por supuesto, fumando marihuana. Me pregunto si solo podrá cogerse a desconocidos con marihuana y licor adentro.

Desde acá afuera, la música se convierte en un cántico tribal, lejano, percusión sobre tambores de cuero de animal desnutrido en una selva en medio de las montañas, qué sé yo. Cañonazos. Martilleo. Un tipo se estaciona mal en la acera de enfrente, y el cuidacarros le grita. Pero él solo se baja y le tira un billete de 1000. Así de fácil. Y él, Dios mío. Es sábado en la noche, eso lo justifica. Se acerca. Va a entrar, y parece pedirme que entre después de él. Tiro el cigarro, que aún va por la mitad, al caño y camino justo detrás. Mientras está en la corta fila, yo entro de una vez y le sonrío desde adentro. Lo espero junto a la puerta.

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Nadie va a entender nunca que si me quito de encima justo cuando me he venido es porque siento un asco terrible. Porque me siento mal. Porque lo extraño en puta y nunca más he podido coger tranquilo, porque después de hacer el amor con él de la forma en que lo hacía, única, invaluable, imposible de relatar, no puede haber nada más que polvos. Como tiros al aire. Como bungee jumping sin cuerda. Un suicidio progresivo y desgarrador que va arrancando los pedazos de carne de la espalda, las piernas, los brazos, hasta quedar desnudado hasta los huesos y ser revelado en esa intimidad al mundo, y al tipo de al lado que mañana no va a recordar esto, que mintió cuando dijo que anotó mi número.

Se montará en su pequeño Corvette rojo y se acabó. Y yo seguiré dándole ideas de grandeza a chiquitos, o a inmaduros, gente que se ilusiona demasiado rápido porque retienen algo de sinceridad, de honestidad, de amor propio, esas cosas que después de los 25 poco a poco se van haciendo bastante innecesarias. Salgo a fumar a la terraza. Este hombre tiene plata, en serio. Me gustaría ser más simple y sentir que esto me basta. Pero siento asco y me quiero limpiar el cuerpo entero para que cuando él decida, algún día, llamar y preguntar que cómo he seguido, no perciba en mi piel otro aroma que no sea el que él dejó marcado sobre ella. Y un pequeño secreto. No he borrado un solo mensaje. Ni he botado la foto que llevo en la billetera. Ni he dejado de esperar que me diga “buenas noches”, todas las noches, y no he podido volver a dormir en paz, y no podré hacerlo sobre esta tierra hasta que me quede sin cobertura para mis órganos sangrantes después del nada largo proceso ya descrito y entonces yo diga “Suficiente” y todo acabe.

Entonces, cosa extraña. Se levanta de la cama, se acerca por detrás y me abraza con una inmensa ternura, es casi como si me quisiera. Me besa el cuello y me dice: “No te conozco. Apenas sé tu nombre. Pero sé dos cosas. Que esto es demasiado rápido para vos aunque se te haya hecho costumbre, y que lo que necesitás es un amor que dure”. Justo como una canción de Prince, sí. Todo es una canción de Prince. Y si a esas nos vamos, entonces Nothing Compares 2 U. Y sí, podría ser The Most Beautiful (Boy) In the World, la razón por la que Dios hizo a los chicos, cantala conmigo. Y luego, bajo la lluvia púrpura, nunca quiero ser tu amante de fin de semana., bla bla bla. Y él, ¿qué puede contestar? Y yo tampoco sabría. ¿Cómo quitarme el asco? ¿Cómo evitar ponerme nervioso cada vez que el celular vibra imaginándome que es él?

Uno no se va a hacer más sereno, más sabio, nada de esa mierda, conforme crezca. Es mentira. Vas a seguir siendo el mismo chiquito. El mismo que ponía Su nombre <3 en los cuadernos como toda una quinceañera y tapaba el cuaderno para que nadie lo viera. Lo tachaba de inmediato. El placer estaba en haberlo escrito, en que hubiera estado sobre el mundo marcado. Así es, vas a seguir siendo un chiquito. Es así de fácil.

Y cantalo que solo así te van a entender. Solo así me van a entender. Salgamos de Prince. Blue Magic: I just don’t want to be lonely. I wanna be loved, needed. Eso calma el hambre.

La vida, al fin y al cabo, es karaoke.