El mantel se derrama bajo el florero alto, cae hasta el piso con la suavidad del rocío. Las flores entretejidas de su tela dejan pasar la media luz que penetra por la ventana, con sus persianas mal cerradas. Alicia apoya su mano en la mesita, y con la otra sostiene el rosario en su pecho. Se mira en una esquina del espejo: su cara tensa la hace ver más vieja, con sus mejillas pálidas, sus labios contraídos por la angustia. En la oscuridad, el lila de su blusa se confunde con su abrigo gris oscuro. Pero no ve bien el resto de su ropa, porque la espalda negra de su hijo cubre el resto del espejo. Le habla; sus palabras se hunden en el aire, como si cayeran en un abismo.
La lluvia del atardecer aviva el verde del jardín. A través de la gris cortinilla que rodea la casa, se ven manchas de luces en la calle contraria, y sombras fugaces de automóviles que pasan de vez en cuando, sin hacer ruido. Los labios de ambos se están moviendo, se están respondiendo, pero el silencio colma la habitación como un pesado manto. Ambos se mantienen firmes; él en su obstinada negativa a las razones de su anciana madre, y ésta, solo porque se apoya en la mesita del florero. Las margaritas alicaídas en éste rozan las mangas de su abrigo. Él se hace un paso hacia atrás y la madera cruje; se vuelve hacia la nerviosa mujer y la mira sin pestañear. Ella no soporta el dolor, pero también sabe que no puede moverse.
En el crujir de los tablones de madera del piso resuenan las docenas de años que ha visto pasar la casa. Gimen por cada muerte que ha ocurrido entre sus paredes. El hijo sabe que en este terreno jamás podría ganar una discusión. Pero he aquí que Alicia tiembla, lo puede ver en su única mano desnuda, la que se aferraba antes al rosario y ahora cae sobre el costado de la anciana. Ella conjura toda la fuerza que sabe que tiene por dentro, que ha vivido por ahí, en su cuerpo, flotando, por años. Las gotas de lluvia resbalan sobre los niños de mármol desnudos, en el jardín, que juguetean sin deternse nunca. Algunas gotas rodean los bordes de las vasijas que sostienen los niños, antes de caer dentro de ellas, o resbalar hasta el suelo. Algunas aves buscan resguardarse bajo el pórtico del patio.
El hijo se ha movido al otro extremo de la habitación y su madre inmóvil lo sigue con la mirada. Necesita aferrarse a algún mueble para no derrumbarse sobre sus rodillas, por lo cual, antes de perseguir al hombre, que de pronto se ve infinitamente más viejo que lo que jamás había imaginado, debe buscar a qué madero asirse. El borde del librero. Las zapatillas no hacen crujir el piso, es como si más que pisarlo, se deslizara sobre él. Todas las cuerdas dentro del cuerpo se revientan, y empiezan a sonar notas discordantes. Melodías salvajes. Haber vivido tantos años en la misma casa, haber compartido cada plato de comida, haberse lavado las manos en la misma agua, y aún así, mirar como un rostro ajeno la rechaza sin hacer un movimiento.
Alicia siente lágrimas que se agolpan detrás de sus ojos, que presionan su cráneo como si estuviera sumergida en lo más profundo del mar. Recuerda la última vez que vio el mar, por cierto. De la mano de su madre, de quien ni siquiera recuerda bien los rasgos de la cara, sólo el cabello plateado ondulante que se le antojaba la línea marina al atardecer, y se deslizaba sobre la porcelana pulida y sin detalle de su rostro. Un gran abismo se abre entre aquel año y éste, y un torbellino arrasa con todo lo vivido hasta entonces. El vacío se apodera de las cavidades que pueblan su cuerpo mientras los órganos, uno a uno, se disuelven en el aire. Un profundo dolor en el pecho, mismo dolor que debe estar presionando a su hijo, por dentro. El labio del hombre, delgado y sin color, tiembla ligeramente como las ramitas de ciprés sobre las cuales algunas avecillas grises se posan antes de saltar al techo de la casa. Todo lo demás se hunde en las sombras.
Ver como se rompen de pronto lazos que había creído indisolubles la derrotan. Que un hijo pueda en un instante dejar de sentir lo más mínimo por su madre le parece inaudito. Pero lo cree. Porque él no llora, él no puede llorar. Ambos pares de labios se mueven de nuevo, recriminándose, amándose por última vez, deslizándose sobre sus nucas como colmillos. Mordiendo. Los cuerpos se muerden por dentro. La mirada acusadora remueve las entrañas de Alicia. Y dentro de él, quizás todo sea opaco y tibio. Por ningún motivo, ella se deja de sentir culpable, las cadenas que pesaban sobre sus hombros apenas son más ligeras que la neblina que rodea la residencia. No tiene explicación, pero no está volviendo al silencio de tantos años. Esa puerta no se puede cruzar de nuevo. No huye de él tampoco.
La mano de Alicia se separa de la mesita y él comprende. Las piernas de ella ya no tienen por qué temblar. Ambos, madre e hijo, han hallado en común que no pueden acercarse, que sus manos no pueden tocarse de nuevo,
que un abismo insondable se ha abierto entre ellos. Su mente se aligera. Piensa sin motivo en la entrada a casa de su hermana, muy lejos de aquí. Allá no deb estar lloviendo, aunque quizás haga frío. Pasará la noche allá. La hermana murió hace años, pero ella conserva la llave. Su cara se encontrará con la de su hijo por última vez. La culpa de diluye. En la entrada a casa de su hermana hay hermosas flores azules y blancas, hay lagartijas que salen de rincones húmedos del jardín, hay una cerca de madera que chilla cuando la abren.
No hay lazos permanentes. Se han desecho. Él se levanta primero. Su voz hace eco en esa sala por última vez. Sus zapatos en la cerámica del pasillo de entrada. Su reflejo en un espejo distante. Alicia se sienta en la silla junto a la ventana y piensa en su hermana, en su madre. En su marido, la causa de todo esto. En la noche. En que podría pasar días entero, de ahora en adelante, sin escuchar voz humana alguna. No le hará falta.








Fotografías de uno van quedando en el mundo y es imposible recogerlas todas, porque no todas han manchado el papel, ni siquiera han llenado una computadora. Nuestras caras han sido detenidas por ojos de hambre y de sed, han sido congeladas en una fracción de segundo y para siempre. Fotografías banales: tengo una caja llena de ellas. Está acá adentro. Caras como esta. En un mueble viejo, o en un alma herida, alguien va a encontrar una foto mía. Tal vez tomada en un bus camino al trabajo, o en un parque rodeado de niños. Claro, ¿cómo decir “recuerdo a Fernando”, “recuerdo a un muchacho que…”? Ni yo podría decirlo sobre esas caras que guardo. No conozco a nadie. Pero, en frases como “Cuando yo era joven, me sentía muy solo…”; “Yo iba al trabajo en el tren”; “Yo siempre le fui infiel, en la mente”, ahí estarán enredadas todas las caras y todas las sonrisas, y todos los aromas también. Un pequeño jardín.
Pipo lame la mano extendida del dueño. Su cuello blanco, pálido en la luz de la luna y de los farolitos, la luz amarilla que atrae a las polillas y que ilumina el largo camino alrededor y a través del parque. Cómo no exrañarlo, se dice Antonio con la suavidad y serenidad de una oración aprendida bajo las cobijas, repatida por mamá, un mantra milagroso y extemporáneo. Cómo no amarlo. Ni siquiera hace falta haberlo besado para sentir en los labios un temblorcillo por el frío de la piel. Y debe oler a sandía, a vainilla (pero la real). Y sus labios deben saber a canela como cuando se bebe un capuccino con elegancia. Y sus ojos deben mirarlo a uno de frente, y se debe sentir como tumbarse en la hierba en una cuesta al lado de la carretera, en una montaña en Coronado.