Los labios comprimidos y los ojos cerrados para que él no los vea. Él le pide que los abra y ella mira hacia arriba, para no derramar una sola lágrima. Zapatos negros de tacón alto. Un vestido corto, floreado, celeste. Las manos diminutas aferradas a la cartera.
La noche recubre todo con un silencio impenetrable. Una luna sucia se ve de vez en cuando entre las nubes tan oscuras como el cielo. Se desata un fuerte olor a pescado podrido: un empleado del restaurante chino acaba de dejar una bolsa de basura en el callejón. Las ratas corren pegadas a la pared; él las ve de reojo y siente asco.
Ambos se toman de la mano y empiezan a caminar, pero ella, que siente que no merece su contacto, se aparta y camina adelante. Se ha convencido de que no se merece la felicidad que él le ofrece. Él le repite
una y otra vez que su amor es puro, sencillo, que no pide nada. Se pierden en la ciudad, bajo los rótulos luminosos de tiendas cerradas y entre las columnas enormes de bancos y centros comerciales. Los buses medio llenos pasan con silencio frente a ellos; alguna que otra cara melancólica a través de la ventana los saluda con los ojos bajos y la boca compungida en un gesto de compasión.
Pronto llegan a una parte de la ciudad abandonada a esta hora. Todas las oficinas están cerradas, el parque está a oscuras, y las paradas de buses están vacías. Un sábado, a las once y media. Las luces mortecinas de la calle se reflejan en los pequeños charcos que quedaron tras el aguacero de la tarde. Sus tacones se hunden en un hueco en la acera, y él la toma del brazo para sostenerla. Siente su piel helada y sus dedos rozan la fina tela del vestido. Busca su cara para sonreírle, pero ella torna la mirada hacia la izquierda para no tener que verlo. Esconde sus ojos en el hombro, humedecido por las lágrimas o las gotas que caen de los árboles empapados.
Se detienen en las gradas de un banco cerrado. La luz de la casetilla del guarda está encendida, pero no se ven señales del hombre. Él cree escuchar el radio prendido, pero podría ser el zumbido de un motor lejano, o acaso de un mosquito. La invita a sentarse para descansar. Se queda de pie, con el brazo apoyado en la barandilla de las gradas, frente a ella. Quiere acariciar su frente. Ella esquiva su mano sin saberlo y cierra los ojos de nuevo, acaso para dejar, en ese preciso instante, de sentir, de estar ahí, de vivir. Todo debería detenerse entonces.
Él puede hablar cuanto tiempo quiera, que ella ya ha tomado su decisión: que va a seguir amándolo, deseándolo, sin importar qué suceda adelante, sin importar cuán humillada se sienta, sin tomar en cuenta que a él otra lo espere en un bar en el Paseo Colón. Nadie podría amarlo como ella. Nadie podría haberse sumergido en él como ella. Pero él parece indiferente a lo que esta mujer solitaria le ofrece, como si fuera ciego, acaso incapaz de comprender lo sola que se siente, aunque esté a su lado, aunque le prometa que no habrá separación alguna, que tantos años de conocerse no pueden acabar en nada.
Un solo automóvil pasa por la calle, tras un prolongado silencio. Ella siente manos que recorren su espalda y su aliento cálido en la nuca, pero entonces abre los ojos y lo ve encendiendo un cigarro, nada más. El penetrante olor del tabaco se impregna en su ropa. Tal vez la otra le pregunte que adónde estuvo y él responda con alguna banal excusa, y será mejor así, menos humillante para ella. Sin embargo, a la vez sufrirá por ser borrada definitivamente de toda historia y toda memoria, al ser reducida a un bus retrasado o una presa en Heredia. Ella se convertirá en un fantasma, una fuerza difusa que lo atraviesa sin removerlo por dentro, como una brisa suave que apenas sacude un par de hojas en un árbol. O que mueve un papel arrugado por el caño. O que se cuela helada por debajo de la ropa.
Él le toma la mano y cree que con ello la hace sentir mejor, al recordarle que él no se ha ido, y le promete de nuevo que nunca lo hará, aunque todo cambie. La piedra se siente rugosa en las piernas, la baranda fría en la mano. Ella no ha dejado de llorar, lo cual sin duda lo aturde un poco. Si pudiera refrenar su llanto, lo haría sin duda, para evitar la humillación y para no alejarlo más. Pero hay heridas de las que mana la sangre hasta que ésta se seca.
Él puede decir que nunca se apartará, que sufriría si ella así lo hiciera, que todo puede seguir adelante y que el tiempo se encargará de colocar cada cosa en su lugar respectivo. Pero él nunca va a entender que ella ni un solo momento ha dejado de sentir su pecho cálido bajo su mejilla, sus brazos fuertes aferrándose a ella como si fuera una madre, una Virgen, sus labios delicados posándose sobre su espalda desnuda.
Pero alguien más espera, ella recuerda. Y le pide que se marche. Le asegura que todo está en orden. Juzgando por el silencio de la calle solitaria, cualquiera diría que así es. Y él, impaciente por abandonarse en la otra mujer, se contenta con ésta débil promesa, se convence de que ella está, en efecto, tranquila, y se despide con un beso en la mejilla. Ella le promete que tomará un taxi de inmediato, primero fumará un cigarrillo.
Él corre hacia el bar, que debe estar a unas tres cuadras. Ella saca el celular de su cartera para que parezca que llama un taxi, por si él mira atrás. Pero no lo hace, por primera vez en mucho tiempo, no lo hace. Porque ya no es ella quien espera y a quien recibe. Y él jamás comprendería lo sola que se siente, en esas gradas, en ese banco cerrado, poblado únicamente por un guarda dormido en una silla giratoria. Ella llora hasta que no puede abrir los ojos agotados. El dolor.